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jueves, 6 de octubre de 2011

Karibe

Frank Ziccarelli*


…el que desconoce los estragos de la noche
puede ser de otro planeta desierto que
ompune babea sin mirar grietas


En cadena avanza a todo riesgo
el de los vientos bajo cero
propaga el vértice miedo


Martilla a la brava filón de cuerpo tuerto
peor masticado defeca pupudiarrea


En la roca de alto vuelo la cabañuela
desnuda


Cruza la ciudad el poema que olvidé
                              frente al público
reposa la piedra el ancla vigila


  Sumergido en el horizonte Karibe
ese lomo de vendaval abre el nicho
                               de la montaña
en frente lúcido


Si el sol abandona la cárcava
Yo
Mediterráneo escupo sueño
donde las esquirlas impactan su leyenda
de mendrugos


Intuyo en el vector a contraflecha que
la nostalgia puede ser trapo de arcoíris
Mas trapo al fin el niño los mocos no sacude


En especial espesura
si bajo el techo de la autopista
mira sin mirar la escuela
mira el verdor decapitado


De sombrero el callejero zanco
Pararrayo de circoalatea luz en luna de
                                              [aserrín


Escucho el péndulo su badajo interior
badajo de Orsomarzo cruza el mar
Mediterráneo Karibe


En pleno aullido el muelle acordeón retorna


Rotundo
El de la pata ensangrentada espina de
                                    [pez granado


Retorna cacao por boca de montaña
en velo de espina el pájaro libertario


En la memoria el óxido mudo
silente cierre el círculo


Aboga el tiempo por la enjaulada libertad
   por suerte de ADN Tomasso Montaña
                                 [vuelve a su oficio
    razón de vida de este Karibe que llevo
                                                [dentro


Llámese reloj de campana al viento
que se desvive sin des-cuento
Karibe por la testa siendo


En santuario
farol de gamelote por el Ávila vuelvo



* Poeta y socio de Sacven


El espacio Sacven Creativa no se hace responsable de las opiniones emitidas por los escritores









jueves, 1 de septiembre de 2011

¡En la parada!

Giovani Mendoza*


Seis millones de historias tiene la ciudad de Caracas…
(Pedro Navaja, si Blades hubiese nacido en San Agustín)


Ismael, es un tipo joven, un tipo como cualquier otro; es un buen tipo.
   Creció escuchando música popular de toda clase, desde Julio Jaramillo hasta Cornelio Reyna, desde lo más comercial difundido por la radio y la televisión, hasta lo menos conocido y, por tanto, menos rentable para la industria de la música. Pero en su vida, esa mezcla de sonidos afrocaribeños que cobró su forma definitiva y comercial en la Nueva York de los años setenta, y a la que se le llamó “salsa”, gracias a la ocurrencia de un locutor venezolano, según reza el mito urbano, tuvo siempre un lugar especial. A los quince años, en pleno romance con su adolescencia, tuvo un acercamiento particular con la llamada “salsa brava”. Había llegado en ese momento al pueblo en el que vivía, un bajista fanático de esa música. Ismael y el bajista se cruzaron fortuitamente en el reclutamiento de músicos locales que una “niña bien” estaba haciendo, porque se había encaprichado con la idea de ser cantante pop y tener su propio grupo. Por supuesto, aquello no prosperó más allá de dos o tres reuniones de esas hechas a la medida para perder el tiempo.

    Pero valió la pena. Ismael y el pana del bajo coincidieron en su gusto por la salsa vieja, la brava, “la de verdad”. Fue allí cuando comenzó ese cortejo con la historia del género, con las historias que contaban sus canciones y, aún más, con las a ratos desgarradoras historias –las reales, ahora sí- de sus principales protagonistas. Fue en ese momento cuando tomó conciencia de la existencia de un Héctor Lavoe, un Richie Ray, un Willie Colón, un Rubén Blades, un “Cano” Estremera; de sus tocayos Ismael “Maelo” Rivera e Ismael Miranda, apodados “El sonero mayor”, el primero, y “El niño bonito de la salsa”, el segundo. (En solitario, disfrutaba con la tonta fantasía de haber sido bautizado con ese nombre, en honor a estos colosos del ritmo, al menos a uno de ellos, cualquiera de los dos, no importaba). Pronto, comenzaría su nada común costumbre de apilonar en algún polvoriento rincón de su memoria, motes de salseros de todas las épocas.      
    Un detalle: Ismael tocaba piano popular, de allí su vínculo con los ritmos latino-caribeños y su admiración a Enrique Arsenio Lucca, mejor conocido como “Papo” Lucca y a “El judío maravilloso”, Larry Harlow, los cuales encabezaban una larga lista de ases de las teclas. La colección de apodos, como se ve, crecía.

   Al poco tiempo, Ismael se mudó a Caracas a proseguir sus estudios, formando parte de esa historia de migración de quienes se desplazan de su entorno rural hacia las urbes. Ahora vivía en la misma ciudad de la que le hablaba aquél bajista que conoció en su pueblo de origen, el cual había salido huyendo de las penurias de subvivir en un barrio caraqueño. Corría el año 1996 cuando Ismael llegó a Caracas; era el mes de septiembre. Solo, en una ciudad como esta, que te acaricia y te golpea al mismo tiempo, hostil y amable a la vez, aprendió a apreciar el paisaje sonoro que lo rodeaba. Eran los tiempos en que la emisora CNB (Circuito Nacional Belfort) era la radio salsera predilecta de la ciudad. “Después la jodieron”, pensaba cuando recordaba que CNB dejó de ser salsera paulatinamente, sin que nos diéramos cuenta; ahora, ni siquiera existía el circuito.

   Ese año, dos piezas sonaban mucho en esa radio, cobrando un significado especial para él, que desde la distancia, desde la diáspora, se aferraba a la música que lo rodeaba, que lo apasionaba: Aguacero, de El Gran Combo, y Mentira, de José “Cheo” Feliciano, dos canciones ideales para el despecho, para cantarle a ese amor ausente. A los dieciséis años, y totalmente desprovisto de su historia reciente, lejos de su gente, de sus amoríos, de su familia, este par de piezas venían como anillo al dedo, lo marcarían para siempre. Fue allí cuando comenzó a preguntarse qué escuchaba el transeúnte caraqueño, con qué música tenía contacto cotidianamente, qué lo sensibilizaba. La pregunta tuvo varias fases. Primero había que definir de qué espacio estábamos hablando: ¿fiestas privadas, eventos en vivo, conciertos? Qué tal si nos preguntamos cómo interactúa un peón caraqueño con la música que escucha a diario montado en una camionetica, por ejemplo, pensaba. Descartó el metro para delimitar su objeto de estudio. Pero no fue tan fácil para él. Tenía que depurar esa pugna que vivía dentro suyo entre ser un académico, alguien que tocaba en una orquesta sinfónica, y ser un músico popular, alguien que, a los quince, había fundado en su pueblo natal, una orquesta de salsa con un bajista que había llegado de Caracas pocos años atrás. Al final, la academia ganó terreno, e Ismael quedó casi autoexcluido de la música popular. No se atrevía a dar el paso. Tuvieron que pasar otros quince años para sacarse de encima esa absurda dicotomía y asumir, que música es música. Curiosamente, fue la propia academia la que le dio las herramientas para reconciliarse con la música popular. Recordaba, por ejemplo, aquél artículo fantástico que Don Ismael Fernández de la Cuesta le había enviado meses antes, titulado “Música popular-Música culta. Una revisión crítica” y en el cual, entre otras cosas fascinantes, explicaba que esa oposición binaria pertenecía a una antigua concepción de la música en la que estaban implicados otros binomios opuestos, como: música oral-música escrita, música alta-música baja, música religiosa-música profana, música teórica-música práctica.

   Con treinta y dos años a cuestas, ya habiendo superado aquél viejo e interno pugilato que había entre las concepciones de lo culto y lo popular, grabadora en mano, Ismael salió por fin a la calle a cumplir una vieja aspiración: investigar, in situ, qué tipo de música escucha el caraqueño en su diario deambular por la ciudad. Esto fue lo que recogió.

Bitácora sonora caraqueña

   27 de mayo, Clínico UCV – El Silencio (17’57’’). Desde la parada suena, Sin poderte hablar, de Willie Colón. La pieza es cortada abruptamente dando paso a Llorarás, de Oscar de León, el himno por excelencia de la salsa nacional. Por primera vez me doy cuenta de que hay al menos tres planos sonoros superpuestos: uno que viene de afuera (cornetas, motos, carros, etc.); y dos que vienen del interior del transporte (la música propiamente y la interacción de la gente). La gente conversa, la música está a un nivel que lo permite, quedan algunas conversaciones registradas en el grabador. Luego, sigue la música en este orden: Un verano en Nueva York, de El Gran Combo; Mala Suerte, de Henry Fiol y El nazareno, de Ismael “Maelo” Rivera, en medio de la cual llego a mi destino (El Silencio). Poco antes de bajarme en mi parada, atravesamos el túnel: el estruendo de afuera ahoga la música y el calor, mi respiración; prácticamente no se escucha nada en ese trayecto. La travesía toda me toma casi 18 minutos, o, lo que es igual, cuatro canciones, confirmando definitivamente el carácter temporal de la música, como decía Stravisnky: “La música nos es dada con el único objeto de establecer un orden en las cosas, incluyendo de un modo muy particular, la coordinación entre el hombre y el tiempo”. Recuerdo la frase del gran compositor ruso, hago las relaciones pertinentes y sonrío por la ocurrencia.

   27 de mayo, El Silencio -La yaguara (10’58’’). Una vez en mi destino, tomo otra camioneta para ir a la Av. San Martín, un trayecto mucho más corto que el anterior. Suena Gotas de lluvia, de El Gran Combo, la cual es comenzada tres veces por el conductor. Estará destilando algún despecho, se me ocurre pensar. La música es ensordecedora, no hay espacio para hablar. Noto el porta equipaje de la unidad, decorado con motivos geométricos tipo graffiti, de muchos colores, aún con el plástico protector, debe ser nuevo. A medio camino entra un vendedor ambulante, e inmediatamente el conductor detiene la música para que el vendedor, haga su trabajo: vender caramelos, de fresa en esta oportunidad. Por un momento me sentí en un cuento urbano de Lucas García París o una película de Chalbaud. Casi terminando el vendedor su oferta, el chofer, trastocado en una especie de DJ, vuelve a poner la música a medio sonido. Hay entonces tres planos sonoros, el de la calle (carros, cornetas, etc.) y el del interior de la unidad que se divide en dos (la música y la interacción entre el vendedor y los pasajeros). Es una especie de contrato social no escrito en parte alguna, supra constitucional, una suerte de “tú me ayudas que yo te ayudo” tácito. Al poco rato el vendedor sale de escena. El conductor corta abruptamente la pieza anterior y le sigue Carbonerito, de la misma agrupación puertorriqueña, quizá una de las menos conocidas. La música baja y sube constantemente; el chofer cambia de pieza como buscando algo que lo satisfaga. Inserta un nuevo disco.Suena la voz de un locutor que dice “Fuerza Premium”, con efectos de reverb, acaso será Waldemaro Martínez, una de las voces emblemáticas de la música urbana, detalle en el que casi nunca pensamos. Recuerdo entonces, en el afán por buscarle la vuelta científica a mi estudio, aquél artículo “La historicidad del paisaje sonoro y la música popular”, en el que Julian Woodside, explica que en Ciudad de México, “cuando uno hace uso del transporte colectivo también se expone a microespacios sonoros como los microbuses y taxis, donde cada conductor decide que música escucharán los usuarios, mezclado con el tumulto de la ciudad”. Y es que, hasta donde sé, el único chofer que usa audífonos es Otto, el que conduce el transporte escolar en Los Simpson. Esta vez, llegar a mi destino me tomó unas tres canciones. Nunca me había dado cuenta de que la música sirve, entre otras cosas, para llevarle el pulso al tiempo. Pongo cara de reflexivo y vuelvo a sonreír.


17 de junio, Santa Mónica – El Silencio (4’47’’). Suena Rebelión, del recientemente desaparecido Joe Arroyo. En la ecualización de la pieza resalta la presencia de bajos, cosa muy común en este tipo de ambientes. Carros, cornetas, el ruido de la calle, una ambulancia. Varios pasajeros (hombres), llevan el ritmo en el techo del transporte, van de pie. Queda en evidencia la fuerza y el arraigo que en nuestro imaginario musical tiene una pieza como esa. Más lecturas vienen en mi auxilio. Esta vez, es el joven sociólogo venezolano Diego Larrique, quien en su trabajo “Las ciudades destruyen las costumbres. Hacia una propia sonoridad caraqueña y otros comentarios”, dice que “la salsa es un género que está en el centro del imaginario musical del caraqueño”, para rematar citando a los Amigos Invisibles: “En un carrito por puesto tú no puedes poner a Pink Floyd, tienes que poner salsita porque es Venezuela. Cuando empiezas a entender eso, empiezas a dejar de decir que es chimbo ¿Por qué son chimbos? ¿Porque a ti no te gusta la salsa?, pero ahí va todo el mundo con el anillito dándole al tubito, esa gente está gozando, osea que chimbo no es”. Pido la parada, justo en el momento del magistral solo de piano de Chelito de Castro, el cual termino de tararear incluso cuando ya estoy abajo y la camioneta se ha ido. Esa es la fuerza de esta música, a eso se refiere Larrique cuando habla de su configuración en nuestro imaginario. Guardo mi grabador mp3, no sin antes grabar la reflexión que acaba de ocurrírseme. Una vez más, sonrío, con cierta satisfacción.

07 de julio, Av. San Martín – Parque Central (14’24’’) . El DJ al volante tiene puesta la canción Mírame a la cara, de Miles Peña, tipo salsa romántica de los noventa. A esta le siguió Nunca te fallé de Holman Solís; la versión en salsa de aquella balada que popularizó Gianluca Grignani, Mi historia entre tus dedos, a cargo de Los Conquistadores de la Salsa; y casi al llegar a mi destino, Preso de tu amor, de Alfredo de la Fe. Todas son salsa romántica que le cantan al amor, al desamor, etc. Por primera vez estoy extraviado. Por primera vez, no se escucha salsa “clásica”. De cuatro registros que hice, sólo en esta unidad se escucha salsa de la nueva camada. Tuve que llegar a casa, grabación en mano, a buscar las piezas en Internet para poder identificarlas. El nivel de la música era alto, lo cual imposibilitaba la comunicación entre los pasajeros. Si hasta para pedir la parada, los decibeles de la música representaban un impedimento.

Reflexiones en torno a la salsa como experiencia de calle

    Con estos datos recogidos en su grabadora y cierto aire triunfalista en el ánimo, Ismael por fin se sentó a analizar la experiencia de montarse en una camionetica con un objetivo claro: recabar información acerca del paisaje sonoro propio de este entorno, no una, sino otra y otra y otra vez. Podría hacer esto muchas veces, debería hacerse muchas veces, piensa mientras el movimiento de sus dedos sobre el teclado de la computadora, le recuerdan sus días de pianista popular  Piensa, por ejemplo, que aparentemente es esa música que “genérica y cómodamente llamamos salsa”, como dice el musicólogo Rubén López Cano, la que reina en el transporte público caraqueño. Pero, al mismo tiempo, se pregunta si el contexto puede hacer variar el resultado de la investigación: ¿sería lo mismo una ruta urbana en el oeste que en el este de la ciudad?, ¿se escuchará lo mismo en un transporte que recorre la parte “urbanizada” de la ciudad, que el que se desplaza por las zonas marginadas, léase, los cerros caraqueños?

   En un plano más teórico, se pregunta por qué la salsa parece ser el bastión sonoro que nos cohesiona identitariamente hablando, ¿por qué es salsa y no joropo el género que abunda en estos espacios? Una posible respuesta parece estar en el nacimiento del género mismo. Esa música que conocemos como “salsa” -pese a la molestia que el término le causaba a Ray Barreto, según Ibsen Martínez- es una música confeccionada, como explica el mismo López Cano, desde la “reconstrucción de señas identitarias en una particular situación de inmigración; la rearticulación de una comunidad en que el peso de lo étnico-cultural prevaleciera sobre lo generacional; y la dotación de respuestas originales u originarias a las necesidades de entretenimiento de un colectivo diaspórico”. La historia de migración, de disgregación fortuita de Ismael no era la única. De hecho, eso era Caracas, así se construyó esta, la ciudad siempre acontecida, sobre todo después del advenimiento del petróleo, a punta de migración, de buscar un futuro mejor. Así que, siendo la salsa la música de la diáspora, el catalizante identitario por excelencia de ciertas realidades latinas, no tendría nada de extraño que nos agrupe, que nos reencuentre con nosotros mismos, o dicho de otro modo, que nos reencontremos en ella.

   Al final, Ismael sabe que hay mucho por decir, que hay mucha camioneta por abordar, mucho trabajo etnográfico por hacer, para tratar de comprender una realidad de la que ha sido parte ya la mitad de su vida. Lo importante es que ahora está consciente de que la distancia entre su casa y su trabajo, son unas seis o siete canciones, sean o no, salsa.



*Musicólogo, compositor y flautista
Twitter: @dofasolre


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viernes, 26 de agosto de 2011

Caracas, un espacio para el arte II. La escultura cívica

 José La Rosa*



Fotografía José La Rosa
   Muchos de quienes vivieron la infancia en la Caracas de los años 80, posiblemente tengan entre sus recuerdos la impresión de corretear alrededor de la monumental escultura Abra Solar de Alejandro Otero. En las noches festivas de la ciudad, la Plaza Venezuela se nos presentaba con sus obras de arte iluminadas, acompañadas de la bonita fuente de colores, para el deleite de los ciudadanos. No era éste el único lugar de contemplación del arte a escala cívica, sino que podíamos encontrarlo en los lugares públicos más insospechados. Aún en nuestros días, en que Caracas luce una faz menos agradable que en otros tiempos, magnificas esculturas moran silenciosas e imponentes en las calles; entre el bullicio y el polvo de una urbe demasiado apresurada, las esculturas cívicas siguen allí cumpliendo su función puramente estética, es decir una función espiritual.

   En la mayoría de las ocasiones los caraqueños solemos pasar por alto los aspectos positivos que tiene nuestra ciudad. En una metrópolis demasiado convulsionada, nos olvidamos de las sutilezas que también aparecen en el panorama. Sólo basta caminar un poco por las calles de Caracas para darnos cuenta de que la mayoría de la gente no observa lo que está en su derredor. Las obras de arte cívico muchas veces se pierden entre el caos de las cosas y permanecen allí casi como ruinas a punto de desplomarse.

   Cuando nos es dado visitar otras ciudades, al exterior del país, por ejemplo, estamos siempre prestos a elogiar con facilidad y como un enorme logro, los monumentos y obras de arte que hay en ellas ; mientras que olvidamos el rico patrimonio que tenemos en casa. Casi todas las zonas planificadas de Caracas tienen el ornato de las esculturas cívicas. Y no nos referimos a obra de dudoso merito artístico, antes bien nuestra capital atesora algunas que harían florecer la envidia de los centros de arte más fecundos.

   Durante las décadas de modernización del país, en el pasado siglo, el estado realizó grandes esfuerzos para ampliar este patrimonio. Ya no sólo se trataba de erigir monumentos conmemorativos, de fechas históricas importantes (como había ocurrido en décadas anteriores), sino que se trataba de integrar el arte de vanguardia al propio sistema de la ciudad; que todos los ciudadanos, sin distinción de nivel cultural, ni de nivel económico, pudieran tener acceso directo a la contemplación de una obra de arte contemporáneo. Es de esta forma en que podemos encontrar los trabajos de artistas como Jesús Soto y Alejandro Otero (sólo por mencionar dos de los casos más destacados) esparcidos por diversas zonas de la ciudad.

   En pleno corazón de Caracas, entre la grama de la Plaza Venezuela se levanta, disputando con el viento, el Abra solar de Alejandro Otero, una enorme escultura de aluminio elegantemente bien acabada, que nos hace pensar en un artilugio tecnológico. El movimiento de las aspas de esta extraña maquina incorpora ritmos visuales variables, que se perciben fácilmente a plena luz del día, pero también cuando el sol se oculta y la luz artificial domina la composición el metal parece estático y centelleante. Muy cerca de allí, en la misma Plaza Venezuela encontramos, del artista Carlos Cruz Diez, la Fisicromía homenaje a Andrés Bello, un verdadero deleite visual cuyo efecto de cambio de color se percibe enteramente desde la calle contigua cuando se está en movimiento en un automóvil. Este conjunto de obras es rematado por la incorporación hecha el 9 de abril de 2011, de una réplica de la obra Pariata del artista Omar Carreño, sumando así un elemento más para el disfrute y la contemplación de esos espacios.

   En la zona de Chacaíto encontramos también varias obras que están entre las más importantes que atesoramos. El cubo virtual azul y negro, del artista Jesús Soto, domina todo el campo visual cuando se avanza desde Sabana Grande en dirección a la Plaza Brión en Chacaíto. Esta obra, fiel a la realización de su autor, se trata de un volumen cubico creado por la reiteración de varillas de un mismo color colgadas de una estructura. Es una obra soberbia que vale la pena mirar con detenimiento en medio de aquel congestionado lugar. Ya en la propia Plaza Brión podemos apreciar Los tres volúmenes de Teresa Casanova, tres enormes figuras geométricas coloreadas con un rojo intenso, dispuestas en una diagonal horizontal respecto a la estación del metro más cercana. Es una obra estrictamente geométrica para ser apreciada por el valor que posee la forma y el color en sí mismos. Actualmente se encuentra en muy mal estado conservación por las diversas intervenciones vandálicas a las que ha sido sometida a lo largo de los años.

   Hacia el oeste de la ciudad, en Catia, la autopista desemboca directamente en la gigantesca obra Los cerritos, realizada por Alejandro Otero y Mercedes Pardo; se trata de una estructura de metal semejante a una “montaña rusa”, cuya “materialidad” es aportada por unas veletas geométricas coloreadas (sostenidas por la estructura) que crean patrones visuales. Es una obra magnífica que impresiona por la escala en que fue construida. Si nos adentramos más en la dirección donde se oculta el sol, muy cerca, en el boulevard de Catia en frente de la estación de metro de Plaza Sucre, nos encontramos con la obra Levitación 1, del artista Rafael Barrios Barrios; una estupenda pieza de arte, lamentablemente dañada. Su color originalmente azul cobalto (de una tonalidad bastante particular) se deterioró con el paso de los años y fue intervenida salvajemente con un color rojo, que destruyó todo el efecto visual que proyectaba.

   En este recorrido, bastante breve, volvamos al otro lado de la ciudad porque no podemos dejar fuera el formidable trabajo  de Víctor Valera, Desplazamiento perforado, que se encuentra muy cerca de la estación del metro de Parque del Este. Se trata de un conjunto de tres esculturas en hierro de forma circular y que poseen la estructura de reiteración de líneas propia del arte cinético, es un conjunto muy agradable de observar por la disposición espacial que tiene y por la belleza intrínseca de las obras.

Fotografía José La Rosa
   Debemos decir que en la actualidad, las obras descritas y muchas otras se encuentran, en mayor o menor medida, en buen estado de conservación. Pero no podemos olvidarnos que durante la primera década del siglo XXI estas obras (casi todas, por no decir todas) fueron desmanteladas por el vandalismo desalmado y la insensibilidad de las autoridades. Recordamos las magnificas esculturas mutiladas y prácticamente destrozadas y sus piezas vendidas como chatarra para la fundición. Este fue realmente un episodio lamentable de nuestra historia cultural. Caracas habría quedado en la inopia artística. Fue realmente una tragedia cuya magnitud aún no se conoce con toda precisión. Solamente hay que pensar en la impresionante Esfera Soto, de Jesús Soto, de la autopista Francisco Fajardo, cuya tonalidad roja, antes de que la destrozaran, difícilmente se asemejaba a la que tiene ahora…; no debemos olvidar este error para tratar de evitar que sobrevengan experiencias similares en el futuro.

   Todas las obras mencionadas hasta este momento fueron realizadas durante los años 70 y 80, debido a que en los tiempos más recientes es extraño observar un incremento en el patrimonio escultórico de la ciudad. No obstante hay que destacar la muy nueva experiencia de reconstrucción del boulevard de Sabana Grande, en la que se están colocando piezas de gran formato en cada cuadra. Hasta ahora falta trabajo y al parecer no están montadas todas las que deberían estar. Lo que sí es cierto es que en este proyecto participan artistas de reconocida trayectoria nacional entre las que destaca Lia Bermudez. Realmente es una iniciativa que parece ganar terreno entre los ciudadanos, debido a la atmósfera de distinción que crea en un espacio que hasta hace poco estuvo dominado por el comercio informal y el crimen. Sin embargo, hay que mencionar algunos errores que afectan  la conclusión correcta de este proyecto. No entraremos a determinar las cualidades artísticas de las obras expuestas, sólo mencionaremos detalles que no pueden ser pasados por alto. La mayoría de las obras forman un conjunto bastante homogéneo casi todos son trabajos que hacen uso del lenguaje de la abstracción y tienen un acabado bastante aceptable; pero quizás el mal cálculo ha hecho que muchas de estas piezas se coloquen demasiado cercanas a los transeúntes, lo que podría crear problemas de toda índole incluyendo los problemas de conservación. Los pedestales en los que se asientan están muy mal acabados afectando la percepción que se tiene de la totalidad de la pieza. En muchos casos la identificación técnica no está correctamente colocada. De manera pues que a pesar de la buena iniciativa, el proyecto tiene faltas bastante notorias. Quizás con el tiempo se subsanen estos pequeños detalles que vician tan interesante iniciativa.


Fotografía José La Rosa

   Yendo ahora más allá de cualquier consideración de tipo crítica que se quiera hacer sobre las obras que pueblan toda la ciudad, debemos estar atentos sobre todas las demás cosas a los problemas de conservación. Es un reto para nosotros en tanto que ciudadanos participar en el cuidado y mantenimiento de las piezas de arte cívico, para que así muchas de esas obras formen parte de nuestro patrimonio futuro. Quizás se mantengan allí sirviendo de inspiración a muchas más generaciones de ciudadanos, que decididos a renunciar unos minutos a la premura de la vida normal, contemplen con el velo desinteresado de la estética, dando a la obra de arte la posibilidad de florecer una vez más en todo su esplendor. ¿Asumirán, los caraqueños, los distraídos habitantes de la capital, el compromiso de cuidar y querer las cosas hermosas que hemos construido?


*Pintor



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jueves, 24 de marzo de 2011

El sonido de una ciudad. Breve mirada al Jazz dentro de la movida musical caraqueña

Dimitar Correa Voutchkova


  El jazz es una de las expresiones artístico-musicales fundamentales en el desarrollo urbano de las culturas occidentales a lo largo de la mayor parte del siglo XX y el XXI. Es resultado no sólo de la confluencia de aspiraciones y necesidades comunicacionales de un mundo en constante y vertiginoso desarrollo y crecimiento, sino también un punto de partida para dialogar con el entorno socio-cultural e histórico que se construye y deconstruye en cada esquina del orbe en donde exista el arte como expresión de saberes, manifestación de realidades intersubjetivas o siempre dialógicas y tierra de cultivo para las propuestas musicales en constante proceso de creación-ebullición-mutación.

   Venezuela no escapa a esta “realidad postmoderna” en la cual ya en el año de 1958 el músico e investigador José Antonio Calcaño afirma lo siguiente: “Al finalizar la I Guerra Mundial apareció en Caracas la música de jazz, que fue acabando poco a poco con las músicas de bailes venezolanos con lo que quedó cerrado este capítulo de música ligera” (Calcaño, 1958, citado en Balliache, 1997: 11). Esto es sólo un indicio de lo que estaría por venir para quedarse y empezar a convertirse en abono de cultivo de importantes expresiones en una urbe como Caracas, pluricultural, diversa en su etnicidad y confesiones religiosas, que no descansa en su necesidad de expresarse a través de lo local, lo regional, lo mundial y la confluencia de todas ellas.

   El jazz en Venezuela, como dice el guitarrista, compositor y docente Gonzalo Micó, nunca ha sido un movimiento, sino una cuestión de personalidades. Ello se ve representado en la significativa cantidad de músicos y agrupaciones de jazz que han aparecido y desaparecido constantemente en el país, sobre todo desde los años 70 del siglo pasado hasta hoy día, en especial en la ciudad capital donde más desarrollo ha tenido el mencionado género. Prueba de ello es la significativa producción discográfica que muchos han dejado, y otros lamentablemente no, así como el poco registro documental-investigativo que existe al respecto; ambos medios, fieles testigos de la historia musical de un país.

   A pesar de esto, el género no ha perdido significación, vigencia o interés por parte de sus “cultores” y aquellos que no siendo tales, beben de él como de un fruto inagotable que siempre tiene algo nuevo que ofrecer, ya que sirve como medio de reinvención de la propia identidad musical del artista, y por lo tanto, de la cultura venezolana.

   Un ejemplo de lo expuesto es la Movida Acústica Urbana (MAU), agrupaciones como Mixtura o músicos como la pianista Prisca Dávila, que no representando al jazz como propuesta artística, no pueden evitar tener un encuentro cercano o lejano con las posibilidades que ofrece, sobre todo en la concepción del uso de la improvisación y la armonía e instrumentación moderna para la expresión de unas ideas afines que giran en torno a la redimensión de lo venezolano, del contacto de lo tradicional con lo urbano. Por supuesto, el punto de diferencia e inflexión al respecto lo ponen agrupaciones como Kamarata Jazz y Nuevas Almas de la MAU, percusionistas como Orlando Poleo, Joel “Pibo” Márquez, Gerardo Rosales (estos tres desde Europa), entre otras agrupaciones y músicos, que dialogan desde el jazz latino como expresión del sentir y el ser latinoamericano y caribeño, no ya visto solamente como el encuentro entre el jazz y la música afrocubana, sino como el diálogo multidireccional y siempre diverso entre el mencionado género y todas las manifestaciones musicales tradicionales de América Latina.

   Por otro lado, no hay que olvidar a los músicos que haciendo jazz (clásico o moderno), siguen prestando una valiosa contribución al estudio del género para las actuales y venideras generaciones, que hoy más que nunca buscan al mismo como fuente de inspiración para exteriorizar sus aspiraciones artístico-musicales, independientemente de si el jazz se convierte o no en una forma de vida en su futura carrera musical. Es el caso de los guitarristas Gonzalo Micó, Álvaro Falcón y Luca Vicenzetti; los pianistas Gerry Weil, César Orozco, Antonio Mazzei, Luis Perdomo, Otmaro Ruíz, Benito González, Leo Blanco (los cuatro últimos residenciados en Estados Unidos); el saxofonista Pablo Gil, actualmente en tierras estadounidenses; el saxofonista y bajista Mark Brown; el vibrafonista Alfredo Naranjo; los bajistas Gerardo Chacón, Carlos Sanoja, Carlos Rodríguez, Gonzalo Teppa, Heriberto Rojas, Roberto Koch; los bateristas Andrés Briceño, Adolfo Herrera, Diego Maldonado; las cantantes Biella Da Costa, Marisela Leal, entre muchos otros músicos, que habiendo dejado un testimonio discográfico (hoy en día como producción independiente escasa en cuanto al género y no catalogada) o no, dedicándose de forma plena como auténticos “cultores” del jazz o viviendo entre él y otras tendencias musicales en una urbe como Caracas, siguen siendo la expresión de que el género se mantiene vivo, en una constante necesidad de ser escuchado y tomado en cuenta a pesar de las dificultades que el entorno cultural pueda ofrecer. Y por supuesto, siendo ellos el mejor reflejo de que el jazz en el país es una expresión de personalidades artísticas, y no un movimiento musical, si se compara con el desarrollo del género por estilos en Estados Unidos o Europa. Es decir, heterogeneidad versus homogeneidad, lo cual es expresión y signo, en ciertas ocasiones, de lo necesario en un entorno socio-cultural tan diverso como el venezolano, lo cual lo identifica y ayuda a construir su identidad; siendo esto a su vez, una muestra de cómo se concibe o conceptualiza el movimiento musical urbano en Caracas, y quizás, en Venezuela.

  Es así como el jazz vive y habita en lugares de tradición como Juan Sebastian Bar, los nuevos Salsipuedes Bar, La Guayaba Verde, Discovery Bar, Evio´s Pizza, Pizzeria Taima La Boyera y otros menos frecuentes para el encuentro con el jazz como son el Centro de Arte La Estancia, Sala de Conciertos del Centro Cultural Corp Banca, Centro de Estudios Latinoamericanos Romulo Gallegos (CELARG), Fundación Cultural Chacao, salas de concierto de universidades como la Universidad Central de Venezuela, Universidad Simón Bolívar y la Universidad Metropolitana, entre otros. Es importante destacar que estos espacios, a excepción del primero, no están especializados en este tipo de tendencia musical y por lo tanto, no poseen una oferta de fechas constantes para la cantidad de músicos de jazz, o vinculados con éste, que hay hoy día en la ciudad entre profesionales y las nuevas generaciones en formación. A pesar de esto, los mencionados locales nocturnos se convierten en una oportunidad única e invalorable para ver el entorno natural de desarrollo de una expresión artística que convive, crece y se transforma en una constante relación de encuentro con el otro (músico y público). Esta misma situación se refleja en los ya inexistentes festivales de jazz en Caracas, teniendo como propuesta única al respecto hoy en día “El ciclo de jazz y nuevas propuestas venezolanas” que ya por su VI edición y organizado por Gregorio Montiel Cupello, se lleva a cabo en el Centro Cultural Corp Banca. A esto hay que añadir que el único canal de televisión que se dedicaba a promocionar este género era el canal del Estado “Venezolana de Televisión” (VTV), siendo su programa “Jazz” cancelado, dejando solo a dos estaciones de radio especializadas en Caracas, con su programación musical a veces diversa, como son la 95.5 Jazz FM y la 97.7 FM Radio Cultural de Caracas. Esta situación colabora en la imposibilidad de crear un movimiento musical como estilo en torno al mencionado género, tal como se intentó entre los años 60 y 70 del siglo pasado con la Onda Nueva, y ayuda a poner en peligro el registro de la memoria musical (histórica) del país, aunado a la poca investigación que existe hoy como resultado de lo expuesto.

   A pesar de esta situación, son muchos los jóvenes músicos caraqueños que se están formando como futuros profesionales de jazz o recibiendo el conocimiento necesario para incursionar en el mismo a través de diversas opciones educativas como la ya prestigiosa escuela de música Ars Nova a cargo de la profesora María Eugenia Atilano, el Taller de Jazz Caracas (TJC) dirigido por Oscar Fanega y Luca Vicenzzeti, las licenciaturas en Ejecución Instrumental y Canto Jazz de la Universidad Nacional Experimental de las Artes (UNEARTE) y la Big Band del Conservatorio de Música Simón Bolívar (proyecto educativo dirigido por el baterista Andrés Briceño). Esto permitirá que los jóvenes mencionados puedan desempeñarse en cualquier entorno musical de las tendencias urbanas de la música de los siglos XX y XXI, sean estas o no propias del género en estudio; más aún si se toma en cuenta la proliferación cada vez mayor de medios de educación tradicional y no tradicional a las que tienen alcance estos estudiantes, inexistentes en otros tiempos gracias al desarrollo de la tecnología y de la llamada Web 2.0.

   El jazz en Caracas, y quizás como reflejo de la situación del mismo en el país, ha tenido una historia de encuentros y desencuentros en los cuales ha aprendido a existir, así como forjarse un camino, no siendo esto un impedimento para enriquecer la cultura musical venezolana, sino todo lo contrario, un reto ante la adversidad, que no se deja vencer y que lucha y alcanza éxitos momentáneos o permanentes en favor de su desarrollo. Ciertamente hoy en día hay mayor interés en el género desde el punto de vista de la necesidad cada vez más creciente de las nuevas generaciones de músicos en su estudio y ejecución (ya sea que se dediquen al mismo o lo usen como medio de construcción de otras realidades musicales), en la búsqueda de creación de un mercado de trabajo y de un público dispuesto a participar, ser tolerante, receptivo, pero con necesidades de seguir siendo guiado en este camino de entendimiento y comprensión en torno al jazz. El trabajo por delante es arduo para todos los involucrados, pero bien vale la pena construir sobre un terreno ya cultivado por anteriores generaciones y que necesita seguir siendo abonado para la creación de una conciencia colectiva que vea en la realidad jazzística caraqueña un camino para el encuentro de diversos y la posibilidad de seguir pensando y redefiniendo lo venezolano desde el arte, desde la creación.