viernes, 5 de agosto de 2011

La realidad de los escritores ante los contratos editoriales

José Rafael Fariñas*


   Un contrato de edición es un esfuerzo a dos manos, donde el éxito radica en que la idea desarrollada por el autor como obra literaria sea distribuida eficazmente en un determinado territorio y además tenga aceptación plena por parte de los lectores.
   De manera que ese esfuerzo descansa básicamente en dos actores principales: de una parte, se requiere un escritor que tenga una idea y la desarrolle como obra literaria, bien sea ésta una novela, un cuento, un poema, o un ensayo. Lo relevante es que la idea sea concebida y expresada en forma material, y que ese desarrollo tenga carácter de originalidad. Sólo así estaremos en presencia de una obra protegida por el derecho de autor. Por otra parte, es necesario el concurso de un tercero, persona natural o jurídica, que coadyuve en la consecución del éxito de la obra así creada, asumiendo la responsabilidad de su publicación y difusión. Esta persona es el editor. A cambio de su trabajo, el editor recibe una participación en los beneficios económicos que se generen por la explotación de la obra.
   En suma, es un contrato entre dos personas –autor y editor- mediante el cual uno se obliga a crear y el otro a publicar y difundir la obra con el propósito de sacar de ella beneficios. Una especie de alianza en la que el autor, que en la mayoría de los casos es el más débil de la relación, aspira a obtener una participación económica que por lo menos compense su esfuerzo creativo y que además le estimule a seguir creando.

   Esto es el deber ser. No obstante, la realidad suele ser otra.

   Los contratos editoriales, en muchos casos y de eso podemos dar fe, constituyen verdaderos despojos a los creadores. Abundan los casos de contratos editoriales leoninos, incumplimientos reiterados, modificación del contenido de obras, falta de rendición de cuentas, falta de pagos, etc. La realidad es que los escritores están en franca desventaja ante el editor, y después de la luna de miel inicial, se repiten contra ellos una y otra vez las mismas injusticias, los mismos incumplimientos:

1. Cesión abusiva del derecho. Los contratos editoriales constituyen una cesión por parte del escritor al editor, para que éste lleve a cabo las actividades de publicación y difusión de la obra. Eso implica una transferencia exclusiva de derechos del autor al editor con ese propósito. Lo irregular es que esa cesión suele ser, en ocasiones, por un tiempo realmente considerable (10, 20, 30 años y hasta por todo el plazo del derecho de autor), y que abarque no solamente el territorio del país de origen sino que se extienda a todo el mundo sin que en este último caso se contemplen condiciones adicionales que beneficien al escritor.

2. Más de una edición con iguales condiciones. Es la práctica, pero no lo más conveniente. El escritor tiene el derecho de pactar las condiciones para una primera edición, y si es más de una edición podrá establecer expresamente en el contrato unas nuevas condiciones que mejoren las de la primera edición. Si el autor no lo hace, que es lo inconvenientemente usual, se aplicarán las ya pactadas.

3. Modificaciones no consentidas de la obra. Las modificaciones a la obra entregada por el autor, deben ser consentidas por éste. El editor no puede hacer ninguna modificación de la obra, sin autorización escrita del cedente. Sólo podrá corregir errores de redacción u ortográficos, a menos que los mismos se hayan colocado expresamente por el autor.

4. Falta de rendición de cuentas. Después de la firma del contrato, y pasada la euforia de la primera edición, es una práctica usual y detestable que la entrega de los informes sobre ventas de ejemplares y el consiguiente pago al autor empiezan a ser cada vez menos frecuentes y al tiempo desaparecen por completo. En los contratos editoriales, cuando la remuneración pactada es proporcional a la venta de ejemplares, el escritor tiene el derecho de exigir al editor la presentación anual de un estado de cuentas, en el cual deberá indicarse la fecha y tiraje de las ediciones realizadas durante el ejercicio y el número de ejemplares en depósito para su colocación.

5. Incumplimiento por falta de edición, difusión o reedición de la obra. Suelen firmarse contratos por más de una edición que, en el mejor de los casos, terminan apenas en una primera pero incumplen la reedición. A pesar de la falta de reedición, y como el editor sigue teniendo la cesión de los derechos según el contrato, se priva al autor de firmar con otra editorial que pudiera tener interés en hacer una nueva publicación, sobre todo en otros territorios distinto al de origen de la obra. En este caso, el autor tiene el derecho de pedir la resolución del contrato por incumplimiento, la devolución del material que hubiere entregado al editor y también la indemnización de daños y perjuicios cuando el editor no pruebe que la falta de producción o comercio de los ejemplares, o la falta de reedición de la obra, proviene de una causa extraña que no le es imputable.

   En el mundo del libro hay autores consagrados cuyo éxito les depara enormes satisfacciones y buenos dividendos económicos, pero son los menos. La gran mayoría, por el contrario, tiene que lidiar a diario no solamente con sus diversas limitaciones sino también con las trabas y los incumplimientos que la propia industria editorial les pone por delante.
   En esa lucha desigual, los débiles de esta historia se aferran con fervor a dos motivaciones: su pasión ilimitada por crear, y la fe en que tarde o temprano la relación con las editoriales será diferente.

Nos corresponde a los aliados de los creadores ayudarlos a nivelar la balanza.



                                 *Abogado especialista en derecho de autor
Director General de @sacven
@rafaelfarinas



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jueves, 28 de julio de 2011

100 años después: Semblanza de Luis Alfonzo Larrain

Giovani Mendoza*

La enfermedad del olvido

   Cuenta José Peñín en su libro Larrain: De la orquesta de baile al derecho de autor, que, en 1994 escapado de su residencia de la caraqueña avenida Andrés Bello, cerca de SACVEN, Luis Alfonzo Larrain estuvo dos días perdido, deambulando por todos lados. Finalmente, un agente militar lo detuvo y lo llevó con unas monjas, quienes ubicaron a la familia, afortunadamente. Larrain sufría la enfermedad del olvido: alzheimer. Luego de ese episodio, fue internado en un ancianato donde falleció dos años después, víctima de un infarto.

   El pasado 22 de julio, se cumplieron 100 años del nacimiento de uno de los músicos más interesantes de la escena musical urbana de nuestro país, Luis Alfonzo Larrain, conocido bajo el histriónico apodo de “El mago de la música bailable”. Sin embargo, la historia -como suele suceder de manera inexplicable con algunos hechos y personajes- ha sido un tanto mezquina con la obra de este particular artista. Es por ello que comencé este escrito aludiendo a uno de los pasajes que, si bien es de los menos amables de su vida, también es de los más poéticos, buscando recordar que a veces sufrimos una especie de alzheimer cultural, de olvido perpetuo que sepulta la vida y la obra de un individuo. Lo peor, y creo que es el caso del maestro Larrain, es que no hay un motivo evidente, no hay una intención develada para que esto sea así, simplemente es así. De hecho, y asumo el riesgo que esta afirmación tan categórica pueda acarrear, creo que, de no ser por la creación de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN), muy probablemente Larrain sufriría el destierro histórico que sobrellevan, inexplicablemente insisto, otros personajes de nuestro entorno musical. Para nombrar sólo un ejemplo: ¿alguien sabe hoy quién es el maestro Rafael Minaya...?

Recordando a Larrain: antídoto contra el alzheimer cultural

   La del maestro Larrain, no parece ser precisamente la típica historia de lucha “novelera” según la cual, el protagonista (¿héroe?), vence un sinfín de adversidades para coronar la vida finalmente. Nació en la vecina población de La Victoria, en el estado Aragua, el 22 de julio de 1911, en el seno de una familia acomodada, la cual, luego de la muerte del padre de Luis Alfonzo, se traslada a Caracas en 1918. Esa migración a la incipiente urbe capitalina de los años 20, lo pondría en contacto con las corrientes musicales de moda, en el seno de la naciente industria musical que tendría cuatro medios fundamentales de expresión: el cine, el disco, la radio y la televisión. En cada uno de ellos, el joven, talentoso y emprendedor Luis Alfonzo, incursionó, aprendió y salió bien librado de las dificultades, dejando surcos bien marcados en nuestro recorrido musical urbano, aunque para muchos, dichas huellas luzcan un tanto borrosas.

¿Qué hace a Luis Alfonzo Larrain como un personaje merecedor de pertenecer a nuestra historia musical? En primer lugar, y la principal razón por la cual aún su nombre resuena en nuestro mundo musical, es el creador de la Sociedad de Autores y Compositores de Venezuela (SACVEN, 1955), ente encargado, desde su concepción, de proteger los derechos de autor de sus asociados y recaudar los emolumentos generados por la explotación de sus obras. En segundo lugar, Larrain estuvo vinculado a tres de los medios de difusión más importantes de la primera mitad del siglo XX: el cine, la radio y la televisión. Fue además director de diversos conjuntos orquestales, compositor de lo que podríamos llamar música popular de masas (José Peñín), música popular comercial (José Ángel Viña), meso-música (Carlos Vega), música popular urbana (Juan Pablo González), o simplemente, música popular. Pero muy seguramente, como creador, para Larrain la música era simplemente música, siempre que fuese de la mejor calidad. Sobrados testimonios hay de que era un hombre estricto en cuanto a la disciplina de sus agrupaciones. Cuidaba cada detalle, desde la vestimenta, pasando por la calidad de los cantantes y músicos, hasta los buenos arreglos, para lo cual se rodeaba siempre de gente de primer nivel. Arreglistas suyos fueron un joven pero de talento indomable Aldemaro Romero; un Aníbal Abreu; un Jesús “Chucho” Sanoja, por nombrar solo a los más recurrentes.

Larrain y el nacimiento de un sonido urbano

   Uno de los momentos más importantes de nuestra historia musical, lo constituye sin duda el nacimiento y auge de las orquestas de baile que tanta alegría y momentos de solaz han brindado a los venezolanos. Larrain estuvo vinculado también a la configuración de esta nueva realidad musical que no solo era sonora, sino coreográfica, pues era música con un fin social específico: el baile. Desde muy joven, estuvo animado siempre por emprender cosas nuevas. Hacia 1925, con 14 años acuestas, crea junto a los músicos capitalinos Raúl Briceño, Eduardo Serrano y Antonio Uzcátegui, un cuarteto en el cual él mismo interpretaba el banjo. Más tarde creará otro par de conjuntos, hasta que, por fin, en 1939 conforma la primera orquesta de baile de gran alcance, la cual tenía como solista a la cantante Elisa Soteldo, quien a la postre se convertiría en su primera esposa. Por esos mismos años, había llegado desde República Dominicana uno de los músicos más influyentes en nuestra escena musical urbana, el maestro Luis María Frómeta, mejor conocido como “Billo” Frómeta, fundador de la orquesta de baile cimera de Venezuela o, al menos, la más popular: la “Billo’s Caracas Boys”. Muchas historias y mitos se han tejido en torno a los desencuentros entre estos dos colosos de la música bailable, pero la verdad sea dicha: ambos maestros eran partícipes de una rivalidad profesional de alto nivel, que pugnaba por ganar espacios, pero que era también de respeto mutuo y hasta de cooperación.

Al rescate de un género

    Justamente, en este empeño por innovar, Luis Alfonzo usó su orquesta para desmontar el discurso social imperante en aquellos años, según el cual el merengue caraqueño, al cual se le adosaba con cierto aire de descrédito el mote de “rucaneao”, era un baile de linaje dudoso, de botiquín, de prostíbulo. Fue así que, convencido de la riqueza rítmica de este género, el maestro se atrevió horadar el himen social que protegía a las élites caraqueñas, del contacto con aquella clase de música. Varias versiones se cuentan sobre cuándo y cómo sucedió este hecho. La que entrega José Peñín en el libro citado al comienzo, la ubica en 1939, en la fiesta de fin de año del Hotel Majestic, probablemente el espacio más fino que conocía la ciudad en ese momento. Esa, según parece, fue la primera vez que nuestro hoy popular merengue, salió de los casi clandestinos espacios del “mabil”, para insertarse en la alta sociedad, llevado de la mano de arreglos de primer orden, interpretados por una orquesta de no menos nivel: la de Luis Alfonzo Larrain.

   Aún hay mucho que contar, mucho por conocer de uno de los personajes emblemáticos de nuestro contexto musical urbano. Pero este pequeño recuento sobre su vida -reflexivo a ratos- es un intento por advertir que, la historia, nuestra historia, particularmente la musical, tiene muchas lagunas. Y si bien el alzheimer, esa penosa enfermedad mental, el mal de los sin-memoria, no tiene remedio conocido, el alzheimer cultural, en cambio, puede erradicarse.

*Musicólogo, compositor y flautista
Twitter: @dofasolre

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jueves, 21 de julio de 2011

Editoras fuera de serie (y del terreno patrio)

Héctor Torres*

Esa sentencia (en sus infinitas variantes, vale acotar) según la cual las crisis son oportunidades, no por ser un tópico deja de tener sentido. Es decir, se podrá objetar su originalidad, pero difícilmente su certeza. Y valiéndonos de ese tópico, podemos afirmar que a muchos venezolanos la palabra crisis se les ha presentado como una encrucijada en un camino hasta entonces único, cuyo único obstáculo para seguir avanzando lo representa el temor a escoger la opción adecuada.
Esa gente que no vacila a la hora de escoger entre dos caminos, inevitablemente me recuerda la cantidad de amigos (periodistas, escritores, músicos, poetas, locos) con los cuales sigo en contacto gracias al prodigio de las redes sociales, pero cuyas realidades cotidianas pasaron a llamarse Barcelona, Buenos Aires, Bogotá, Londres, Madrid, San José, Boston, Toronto, Milán o México D.F.
Esa constante actualización de los domicilios de los amigos ha producido un obvio sentimiento de pérdida, pero también un enriquecimiento imperceptible pero inevitable de nuestra visión del mundo. Los amigos de siempre, quiéranlo o no, comienzan a ser también un poco argentinos, un poco mexicanos, un poco españoles... es decir, un poco menos los que eran, un poco menos lo que nos unía. Pero su nuevo universo cotidiano ha comenzado, a través de una especie de osmosis, a enriquecer de alguna forma el nuestro.
Se trata de personas que asumieron la decisión tomada en la encrucijada, sin mirar atrás, negándose a permanecer invisibles en su nuevo destino. Es así como ese titánico esfuerzo de mantenerse en su medio, de comenzar a buscar su espacio siendo extranjeros, comienza lentamente a dibujar resultados.
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Lorena Bou Linhares
Es el caso de Lorena Bou Linhares, una caraqueña que, luego de culminar sus estudios en la UCAB, orientó sus pasos a Barcelona con la intención de cursar un master en Literatura Comparada. Eso fue en septiembre de 2002 y, como suele suceder, fue postergando el regreso hasta que un día se vio sumergida en su cotidianidad catalana.
A mediados del 2009 comenzó a trabajar en la Editorial independiente Los Libros del Lince, que había sido fundada año y medio antes con la intención de publicar "ensayos y novelas de espíritu crítico", como ella misma lo define. Lorena se desempeña como coordinadora editorial de ese sello, y en ese cargo sus funciones pasan por definir las características del producto, determinar las fases de producción, elaborar el calendario y asignar las tareas a los colaboradores externos, supervisar las traducciones, las correcciones, la maquetación, y comprobar los timings. También debe hace la lectura final del libro y controlar lo relacionado con los textos de contraportada y la información general que deben recibir los distribuidores y las principales librerías. Es decir, como ocurre en los sellos pequeños, le toca trabajar duro. Y aprender mucho, cabe suponer.
Cuando le pregunto acerca de cómo ve la convivencia (o quizá la supervivencia) de los sellos independientes frente a los grandes nombres de la industria, Lorena cita a Enrique Murillo, director de la editorial para la cual trabaja, resumiendo filosóficamente y sin drama que "perdemos todas las batallas económicas y ganamos algunas del talento". Y aunque señala con preocupación que la crisis sí ha hecho mella en el mercado ("nunca antes había habido tantas devoluciones de ejemplares como las que ha habido en lo que va de año"), Los Libros de El Lince siguen apostando a la producción independiente y, junto al sello, Lorena sigue aprendiendo y creciendo en su experiencia en el mundo editorial en un mercado tan competitivo como el español.
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Adriana Morán Sarmiento
También está la historia de Adriana Morán Sarmiento, una maracucha que, al cumplir los 34 años enfiló su brújula hacia el sur, radicándose en Buenos Aires. Estando en esa ciudad fundó La Vaca Mariposa, un proyecto editorial que venía madurando desde Maracaibo, cuando fue Coordinadora de Publicaciones de la UNICA y organizadora de la Feria del Libro de esa casa de estudios.
Aparte de su experiencia en la Universidad Católica Cecilio Acosta, Adriana contaba más con su deseo de hacer cosas que con una experiencia muy sólida en el terreno. Y consciente o no de ello, asumió ese riesgo en otro país con una tradición editorial y literaria mítica, como lo es Argentina. Pero eso no fue obstáculo para animarse a tantear el terreno de la experiencia editorial, de manera que, al año de instalarse en Buenos Aires publicó el libro "Buenos Aires, la otra ciudad. Una mirada del extranjero en tránsito", con la intención de tomarle el pulso a la movida “de lo independiente”. El balance de la experiencia le satisfizo tanto que sintió que era el momento, por lo cual fundó La Vaca Mariposa. "Quizás aún no esté lista. Voy aprendiendo en el camino, pero la experiencia me ayuda", acota con los pies en la tierra esta maracucha entusiasta (perdonen la redundancia).
Consultada acerca de cuál es el objetivo de la editorial, hacia dónde apunta su búsqueda, Adriana parece preparada para responder, porque de inmediato señala que "la idea principal es mover al escritor latinoamericano, no sólo venezolano y argentino. Me gusta llamarlo espacio de encuentro cultural porque más que la publicación de un libro, organizamos toda una movida para eso. Lo otro es que nos interesa mirar el libro como un objeto de arte. Difícil en esta era tecnológica, pero ese es el reto: combinar todas las herramientas. Lo tecnológico y lo más “romántico” del libro, sin que pierda su esencia."
Sus libros se encuentran en cuatro librerías de Buenos Aires, y comienzan a recibir apoyo de los lectores, que muestran interés por la combinación de nacionalidades de los autores y por el esfuerzo de la producción artesanal del producto. "No avanzamos con pasos agigantados, sino pequeños pero bien pensados", reflexiona Adriana, mientras sigue sumando ventanas (en el mundo de la web) en la promoción de su catálogo.
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Nadir Chacín
Nadir Chacín, una antropóloga caraqueña nacida en 1971, es otro caso digno de resaltar, ya en el mundo de la edición de contenidos digitales. A los 30 años se fue a vivir a ciudad de México y actualmente es una ciudadana mexicana naturalizada”. Obtuvo la maestría en Antropología y finalizó los cursos del doctorado en la misma especialidad en 2007, abandonando la tesis doctoral a tres meses de terminarla "para seguir una nueva aventura", como ella misma señala. Esa aventura la llevó a la publicación de su libro "Senderos de paz" (Alamah, Santillana, 2008), sobre budismo y física cuántica.
Convencida de que tecnología y humanismo no son agua y aceite, esa búsqueda del diálogo humano se complementa en ella con una profusa actividad como community manager y editora de contenidos para plataformas digitales, la otra gran pasión de esta caraqueña con acento mexicano. De esta manera es Coordinadora Editorial para Letras iPixeles, una empresa que desarrolla "Conaculta10", nombre tentativo de una aplicación gratuita para Ipad con contenidos culturales multimedia, "basada en la programación de Conaculta, que es nuestro cliente". Según sus propias palabras, Conaculta10 "busca un equilibrio entre formación de público y consumo del arte, dándole al usuario la información cultural jerarquizada para facilitarle la toma de decisiones, desplegándola con un mayor nivel de profundidad, conservando su sentido emocional y cercano para llevar al usuario a la reflexión sin aburrirlo, y en una presentación atractiva con contenidos de calidad Premium de índole comercial". También es socia de Territorio liberado, una agencia de servicios creativos y editoriales dedicada a la investigación, la escritura, la promoción y la difusión de los oficios creativos.
La actividad (y la experiencia obtenida) de Nadir en esas áreas, es enorme. Y su pasión también. "Para mí el siglo XXI es el siglo de las emociones, quien sepa manipular (para bien o para mal) a los humanos en sus arquetipos más básicos tendrá el éxito, el impacto y el poder de cambiar al mundo. Habrá que ver quién agarra esa sartén por el mango primero" cavila, para agregar que "yo prefiero agarrarlo antes... Al menos las mías son buenas intenciones."
*
Tres venezolanas que posiblemente no se conocen entre sí pero cuyas vidas están unidas por la decisión común de hacer acopio de temple y perseverancia ante la crisis (la encrucijada). Más que las grandes historias son los grandes sueños logrados con pulso y fe en sí mismas. Historias silenciosas y de gran esfuerzo, que han estado dando sus resultados.
Tres ventanas a través de las cuales podemos mirarnos y enriquecer, con sus experiencias, nuestra visión del mundo editorial, desde otras perspectivas, sean estas las editoriales independientes, artesanales o digitales; llámense esos nuevos caminos México DF, Buenos Aires o Barcelona.


 *Narrador venezolano.
Cofundador y editor del Portal Ficción Breve Venezolana
@hectorres
                                                                           
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jueves, 7 de julio de 2011

5 Razones para potenciar hoy el rol de los creadores

José Rafael Fariñas*


Vivimos en tiempos hipermodernos, este período que señala el advenimiento de una temporalidad social inédita, caracterizada por la primacía del aquí y el ahora, por el auge del consumo y de la comunicación de masas (Lipovetsky, 2006).





   Esta comunicación se ha vuelto horizontal, por la irrupción de un entramado infinito de seres nodos que conforman la sociedad red. Cada uno de ellos tiene un rol y ese rol sumado al de los otros nodos configura la naturaleza de la red, su característica esencial, su capacidad de incidencia.
   Respecto a la comunicación, la clave es el intercambio. Esa iniciativa de poner a disposición contenidos de todo tipo, particularmente contenidos culturales producidos por los creadores, cuyos atributos de originalidad dan lugar a la protección bien en el campo del derecho industrial, bien en el ámbito del derecho de autor y los derechos conexos.
   Esta sociedad hipermoderna de Lipovetsky, por su característica esencial de generar y modelar entramados para el consumo aquí y ahora, no siempre repara en la calidad de los contenidos; su esencia es la movilidad, el tránsito a lo efímero, el consumo como fin en sí mismo. Hay allí por lo tanto diferentes actores con roles también diversos dedicados preponderantemente a lo que la propia dinámica de la red le impone: consumir todo tipo de productos, entre ellos mucha información irrelevante, hueca, vacía, por no decir banal.
   Este es, por lo tanto, el tiempo de los creadores. Es la era en que los autores, la gente sensible capaz de mirar a lo más profundo del ser humano, han de asumir desde sus ejecutorias sensibles un rol de proveedor más dinámico, creativo, de guía que invite al encuentro con uno mismo. He aquí cinco razones por las cuales habría de potenciarse ese rol:

1. La necesidad de contenidos.

Internet es una red de aplicaciones y de personas interconectadas. Las aplicaciones son productos generados desde las grandes multinacionales desarrolladoras de tecnologías de la información, empresas líderes en satisfacer las necesidades de consumo modeladas desde la propia red. Las personas, en cambio, son actores, usuarios activos que conforman comunidades con necesidades y actividades diversas, desde un simple intercambio de información o saludos habituales, hasta contenidos más complejos por necesidades profesionales, académicas, o simplemente espirituales. Esos contenidos no siempre están a disposición. Hay carencia intelectual y abundancia parlante. Se requiere hoy, más que nunca, proveedores calificados, con alta sensibilidad humana y espiritual, para producirlos, para satisfacer esa alta demanda de esos 2.000 millones de usuarios de Internet que ya vamos siendo a esta fecha.

2. La superficialidad.

La red es superficial por naturaleza, carece de tiempo, es veloz, es inmediata. Toda estás características modelan seres-nodos irreflexivos que anteponen la velocidad al reposo. Sólo los creadores tienen el carácter para dejar de lados las urgencias del mercado y producir como el barro los remedios del alma.


3. La prédica de la cultura libre.

En estos tiempos de vértigo, varios sectores se movilizan diariamente para incubar la teoría de la cultura libre, la cultura de la que todo ciudadano pueda participar libremente, sin restricciones, en el ejercicio pleno de su derecho humano al disfrute estético.
   Sin embargo, nada de eso será posible si esa libertad de la cultura no antepone la condición misma del creador como fuente primaria de todos esos placeres; el autor como hacedor único de placeres estéticos cuya puesta a disposición nos permitirá al resto de los ciudadanos, a ti y a mí, un goce pleno.

4. El rol de los agentes de intermediación.

La cadena de intermediación no ha sido, en algunos casos, un buen ejemplo de equilibrio entre quien produce y quien distribuye los contenidos. Abundan los ejemplos de contrataciones perniciosas para los autores y artistas, contratos editoriales temporalmente abusivos, bajos porcentajes de participación económica, altos costes de intermediación. Ante esa realidad, se impone un cambio de paradigma: sin que ello implique negar el rol de las productoras, disqueras, editoriales, entidades de gestión, agentes, etc, los creadores y los artistas tienen que asumir un rol más activo en la distribución de sus contenidos, han de ser capaces de adquirir sus propias capacidades técnicas y profesionales para colocar en el mercado el desarrollo material de sus ideas y prestaciones, con mayor provecho para ellos y para los usuarios.

5. La necesidad del silencio.

   Pues claro, entre tantos seres parlantes en esta sociedad red, el silencio no cae mal. Más bien se agradece; quienes hacen del silencio una profesión de fe terminan siendo guías.
   Como dice Steiner (2007), pensar es una empresa solitaria, cancerosa, autista, loca: ser capaz de concentrarse profundamente, de ir al fondo de uno mismo.
   No cabe dudas: los creadores tienen en el silencio un aliado; lo necesitan para comulgar con sus fantasmas, para hacer aflorar los remedios estéticos que se claman a gritos en esta era del vacío.
   Entre este coro de nodos hablantes, dejémosle pues a ellos, a los creadores, en su soledad creativa; vivamos mientras tanto sus susurros, y esperemos con fe el advenimiento de lo que por su intermedio ha de venir definitivamente: la era plena de los placeres estéticos.

*Abogado especialista en derecho de autor
Director General de @sacven
@rafaelfarinas





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jueves, 30 de junio de 2011

La fotografía, mil modos de mostrar

  Paz Capielo*

    En reiteradas ocasiones hemos leído o escuchado que la fotografía es una forma de comunicarte. Y en la actualidad ese proceso se ha intensificado, porque cada vez más personas tienen acceso a los medios tecnológicos e impresos. Muchos de estos incluyen la fotografía como documento, para constatar quizás que tal hecho ocurrió, o revelar el último viaje de la familia y los encuentros entre amistades.

   Así observamos imágenes en diarios, revistas, redes sociales, portarretratos en casas, álbumes, la calle está plagada de imágenes con mensajes y productos. Lo que significa que a diferencia de otras ramas del arte esta manera de expresarse no ha necesitado de un espacio delimitado para llegar a las masas.

   En Venezuela son cada vez más las propuestas artísticas y culturales que incluyen la sociedad, su entorno y la fotografía. Es el caso de la labor que desde el 2005 Rafael Lacau junto a un grupo de trabajo lleva a cabo con la Cooperativa de Fotografía Ancla 2, su compromiso está dirigido a niños de distintas entidades de la geografía venezolana y se fundamenta en realizar proyectos educativos de fotografía digital.

   Recientemente estuvieron este mes de junio en el sector Fila de Martín en San Agustín en Caracas. En esta muestra las imágenes se expusieron en gran formato y pueden ser observadas desde las cabinas del Metrocable.

   La gran mayoría de los fotógrafos profesionales empezaron a fotografiar desde niños, muchas veces por curiosidad o simple juego. Como expresó en 1991 el arquitecto y fotógrafo venezolano Gorka Dorronsoro en entrevista junto a Lizarralde, “sin pensar que eso podría ser un lenguaje, solamente algo que permitía atrapar recuerdos”.

   En la película francesa Amélie del director Jean Pierre Jeunet, la madre le da a la niña una cámara. Ésta comienza a fotografiar en la calle hasta que ocurre un choque frente a ella, y un vecino le hace creer que su cámara causa accidentes, su ingenuidad la lleva ver en el televisor todas las eventualidades que originó su click.

   Indiscutiblemente ese primer acercamiento a una cámara resulta trascendental en la vida de muchos, sobre todo cuando eres niño y te muestran las posibilidades de comunicación que tienes a través de una imagen. Esa formación es necesaria actualmente en el mundo, no sólo en nuestro país.

   Pero si algo es cierto es que en el presente venezolano hay un conjunto de personas que están educando y creando variadas actividades entorno a la cultura, y por supuesto la fotografía no está exento de ellas.

   De este modo se encuentra el evento Por el Medio de la Calle, festival que en su sexta edición transforma por una noche las vías del municipio Chacao en Caracas en una gran muestra de arte, este impulsor cultural es realizado por la Fundación Plátanoverde y Cultura Chacao.

   La relevancia que tiene este tipo de acontecimientos sin lugar a dudas, es la capacidad de proporcionar y crear lugares poco habituales para la difusión del arte y que los ciudadanos conozcan el talento criollo.

   Siguiendo en este orden de grandes proyectos se encuentra 1K Urbano de la mano de Luis Miguel Briceño mejor conocido como Yarum. Aunque todavía la propuesta no se ha materializado, es totalmente viable en las principales metrópolis del país, como una plataforma de producción y transmisión artística.

   Otra de las grandes posibilidades es poder compartir junto a expertos y principiantes los llamados Fotoconversatorios, que desde el 2010 el caraqueño Mike González se ha encargado de organizar una vez cada dos meses para desarrollar un tema en referencia a esta rama del arte.

   Es considerable resaltar que la asistencia a estas disertaciones de la fotografía son completamente gratuitas, actualmente no sólo se realizan en la capital sino también en Valencia, compartiendo experiencias, visiones e imágenes.

Fotografía: Paz Capielo
   Asimismo Valencia ahora busca marcar pautas en el ámbito nacional con constantes actividades relacionadas a la fotografía. Es así como el pasado mes de mayo se llevó a cabo en los alrededores del Ateneo de Valencia el Festival Internacional de Fotografía que lleva por nombre, Pon una Foto en la Calle.

       Este proyecto surgió en España, específicamente en Barcelona a cargo de Juan Carrill director general de la Unión Internacional de Fotógrafos (UIFOTO) movidos básicamente con el impulso de denunciar el aislamiento en que está sometida la obra de arte en general.

   Esta exposición ha sido convocado en muchos países como Argentina, Chile, Brasil, Reino Unido, Italia, Suiza, Turquía, Estados Unidos y por supuesto ahora Venezuela. Significa un referente mundial para los amantes de la fotografía, brindándoles la oportunidad de mostrar fuera de los espacios convencionales.

   En definitiva en nuestro país resulta primordial toda esa gran corriente y tendencia de exhibir una imagen en lugares poco comunes. Pero poco comunes entre comillas porque a su vez no nos damos cuenta que esos sitios y su gente son fotografías.

   Al observar de manera panorámica esas distintas actividades que se desarrollan en la nación nos percatamos que existen mil formas de exponer, y quizás esa es una de las grandes ventajas que tiene la fotografía.

   Otro punto rescatable y creo que está más que demostrado, es la gran inclinación que existe actualmente en la labor y responsabilidad en equipo, de esta forma se observa la organización de colectivos y grupos de personas en pro de la formación y expansión de la fotografía en Venezuela.

   Por ello yo invito no sólo a los fotógrafos sino a todos en general a continuar trabajando en esa difusión del arte a través de los medios, porque perentoriamente el arte y la cultura son determinantes en la construcción de un país.




“La fotografía es, antes que nada, una manera de mirar.
No es la mirada misma”. Susan Sontag.





Lista de referentes:

http://www.ponunafotoenlacalle.com/ (Pon una Foto en la Calle)
http://fotoconv.com/ (Fotoconversatorios)


*Periodista y fotógrafa
@pazcapielo


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jueves, 23 de junio de 2011

Tradición y vanguardia



Alvaro Paiva Bimbo*


"Hay que declarar que el pasado existe para prolongar en él sus raíces"

Alfred Schnittke



   Uno podría suponer que con el paso del tiempo, los puristas van aflojando en sus postulados dogmáticos y dejan de sostener esas banderas, por el propio peso de las mismas.

   Para un creador, la tradición debe ser admirada, estudiada, comprendida, internalizada, e inevitablemente, reinterpretada, ya que cada artista corresponde a su época y su circunstancia, y está naturalmente distanciado, en mayor o menor medida, en tiempo y espacio de la tradición.

   Como dijo Stravinsky: “Una tradición real no es la reliquia de un pasado irremediablemente ido, sino una fuerza viviente que anima e informa al presente”. Se antoja caprichoso entonces que alguien pretenda momificar la tradición, detener el indetenible tiempo para apropiarse de la "verdad", asumiendo la validez eterna de su versión y negándose a cualquier otra interpretación.

   En su conocido libro "La historia del arte", Ernst Gombrich plantea con mucha lógica como toda generación en algún momento se rebela contra los estándares de sus predecesores, y como esta urgencia por ser diferente puede que no sea el componente más elevado ni el más profundo de su obra, pero sirve, al contrastar los elementos que se repiten y los que se omiten, de hilo conductor para explicar, no la evolución, sino la historia misma del arte.

   La innovación como elemento de diferenciación no es suficiente para que la obra tenga un gran valor artístico, pero sin innovación se hace imposible siquiera su evaluación como obra. Y en esta trampa se cae de un lado y de otro: repitiendo una y otra vez lo que ya está dicho, y contradiciendo todo lo anterior.

   La vanguardia como fin en sí misma es ciertamente, chistosa. Hasta el genial Borges decía que había caído en el común error de querer ser moderno hasta que leyendo a Goethe se dió cuenta que "somos modernos, no tenemos que afanarnos en ser modernos". Por otra parte esa misma razón, nuestra inevitable contemporaneidad, convierte en risible tanto afán de querer ser los herederos más puros de la tradición, los que SÍ conocen el legado sagrado, intocable, y al cual dicen consagrar su carrera artística, en una especie de ritual chamánico del siglo XXI.

   Mención aparte para los creadores que, desinformados y desinteresados en informarse (¿o tal vez informados con astucia comercial?), plantean una obra sin riesgos que repite por enésima vez patrones estéticos sensibleros, contando con su aceptación en el gusto popular: El libro de autoayuda, la balada pop dulzona, el cuadrito con las guacamayas. Estos más que pertenecer a la tradición, a la vanguardia, o al propio arte, responden a una moda o a un interés económico.

   Estar enterado de lo que se ha hecho y de lo que está haciendo, es menester del artista serio para no redescubrir el agua caliente, y no obstante, no parece ser lo común en estos días. Al parecer en Venezuela es más importante pertenecer y defender una corriente (y despotricar de la otra) más que profundizar en el contenido, la belleza y la verdad (lo mismo, según Keats) de lo que se plantea. Y no estoy hablando de política, donde también aplica, sino de tradición y vanguardia en el arte.

   Uno podría suponer que con el paso del tiempo, los puristas van aflojando en sus postulados dogmáticos y dejan de sostener esas banderas, por el propio peso de las mismas. Será que uno es optimista.

* Músico, compositor, guitarrista.
@apaivab
                                                                                                        

jueves, 16 de junio de 2011

La creación literaria: un mapa que se borra apenas llegas

Héctor Torres *


«Lo esencial es indefinible. ¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor del café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede.»

Jorge Luis Borges


   Si algo despierta un interés obsesivo entre los autores jóvenes, y en todo aquel que siente una gratitud religiosa hacia la literatura, es la ilusión de atisbar la receta con la que un autor determinado, no sólo logra recrear un pasaje de la vida (que la describe como una gota de sangre lo haría con el torrente sanguíneo de una persona), sino que además ilumina un rasgo del engranaje que la pone en funcionamiento.

   Y digo ilusión porque la creación literaria se produce a través de un mecanismo desconocido hasta para el mismo creador. Es el producto de una conexión con una parcela del cerebro de la que no se poseen coordenadas precisas y a la cual no se sabría volver voluntariamente. Es un acto imposible de sintetizar con palabras. Un delicioso plato del que nadie, ni aún el que lo prepara, conserva la receta.

   A propósito de esta imagen gastronómica, Adolfo Bioy Casares señaló en una ocasión que a él le hubiese gustado aprender a cocinar, y que cada vez que inquiría “¿cómo se hace tal plato?” invariablemente le respondían: “Es muy fácil. Pones tal cosa y tal otra, en cantidad suficiente”.¡Cantidad suficiente! ¿Qué es cantidad suficiente?, se preguntaba, para concluir que “a lo mejor escribir bien consiste en saber, en todo momento de la composición, cuál es la cantidad suficiente.”

*

   Se han escrito miles de páginas que intentan aproximarse a esa misteriosa e inasible “cantidad suficiente” que sólo conoce el instinto de cada autor. Muchos son los libros (académicos, autobiográficos, testimoniales, especulativos) que intentan desentrañarla, así sea a través de metáforas o símiles. Muchas las preguntas en entrevistas que intentan dar con las condiciones que la propician, desde ¿a qué hora escribe?, o ¿cuáles son sus autores fundamentales?, hasta ¿tiene algún rito especial al momento de escribir?, o la muy directa ¿qué consejos daría a los jóvenes autores?

   En el caso de la tradición directa de la que bebemos (es decir, de la literatura venezolana), no son muy copiosas las fuentes documentales acerca de estas aproximaciones a la fórmula de la buena escritura artística, ni a los difusos límites entre cuento y novela, por nombrar algunos de los problemas típicos que se plantean frente a la creación.

   Sobre el segundo punto hay algunos textos categóricos. Está, por supuesto, aquello que acotara Guillermo Meneses en el prólogo de su Antología del Cuento Venezolano, citando a Las mil y una noches, para sintetizar la definición de cuento como “una historia maravillosa jamás oída”, aludiendo a la importancia capital que tiene la forma en ese género, al producir la sensación de estar contando un hecho portentoso, aunque se trate de una anécdota más o menos repetida.

   De igual manera, en su famoso “El cuento: lince y topo”, José Balza anota algunas aproximaciones a las características del cuento, entre ellas la brevedad: “algo que quiere extenderse pero que debe concluir pronto (…), y debe concluir para poder prolongarse”; y la precisión: “El cuento no admite vacilación en ninguna de sus palabras. Cada una deja de existir por sí misma para conducir a la próxima”.

   Oscar Marcano señala al respecto que, a diferencia de la novela, en el cuento no hay municiones para gastar, por lo que se debe emplear lo poco que se tiene de la manera más eficaz. “A la novela, en cambio, la veo como a una catedral. Es un universo casi infinito en el cual tienes que desarrollar fundaciones, arbotantes, columnas, naves, arcos, cúpulas, vitrales, capiteles, en fin… hasta gárgolas. Es una tarea epopéyica. El cuento es estrictamente lo contrario. Con dos trazos tienes que pergeñar una historia que tiene que estar imbuida de un discurso y tienes que producir un efecto”.

   Volviendo a la gastronomía, Federico Vegas usó las presentaciones del huevo para establecer fronteras entre estos dos géneros. Una mañana, frente a un plato en el que lo esperaba un huevo frito, lo vislumbró: “La claridad de su perímetro perfectamente definido; su absoluta finitud y su indiscutible condición de ser exactamente lo que es retrata sin lugar a dudas al cuento. Intacto en su forma, llano en sus personajes”. En contraposición, el revoltillo definiría a la novela: “sus bordes irregulares dan cuenta de lo inasible de sus límites y su volumen caprichoso, de lo complejo de sus personajes”.

*

   El otro problema es más difícil de precisar en palabras. Allí valdría la pena recordar cuanto se ha dicho, a propósito o no, directamente o mediante parábolas, sobre aspectos específicos o en torno a la vida del escritor en general. Apuntaré algunos valiosos comentarios (ellos preferirían que no los etiquetara como “consejos”) que he oído de boca de autores venezolanos más experimentados, los cuales siempre he tenido presentes —siquiera por cábala— a la hora de escribir. Veamos:

   La importancia del acabado. Eduardo Liendo suele recordar a Oswaldo Trejo, que siempre le advertía que el valor de un texto estriba en la plenitud alcanzada en su acabado y no en la ambición de la empresa propuesta. “Mas vale un western logrado que una épica fallida”, sentenciaba.

   Pensar mucho antes de escribir. Elisa Lerner advirtió que la creación literaria nace en el pensamiento y que a ella debemos dedicar gran parte del trabajo de la hechura del texto. En una ocasión en que la encontré en una presentación de un libro, le comenté acerca de lo poco común que resultaba verla en público, a lo que ella respondió que la literatura exige ese tiempo que los eventos sociales consumen. Contemporizando, le comenté que, en efecto, leer y escribir necesitan mucho tiempo. “Y pensar —señaló con solemnidad—. Se necesita pensar mucho antes de escribir”.

   Ignorar toda regla ajena al universo de los personajes. Luego de leer La huella del bisonte, Alberto Barrera Tyzska tuvo la generosidad (un rasgo más bien común entre nuestros escritores) de invitarme un café para comentar algunas impresiones. Lo primero que me preguntó, con severidad y desconfianza, fue: “¿Por qué a Mario lo atracan luego de lo que pasó con la chica?”. Intenté balbucear algunas respuestas, que iban por el camino del “estaba tan aturdido que no veía por dónde se metía”. Asintió, más tranquilo, aunque me alertó acerca de que si de algo debemos cuidarnos, para preservar la credibilidad de las historias, es de darle soluciones moralizantes a las acciones que viven los personajes.

   Divertirse con lo que se hace. En cierta ocasión, durante una entrevista que hice a Ana Teresa Torres para Ficción Breve Venezolana, le pregunté si escribía novelas (en ese caso aludía específicamente a El corazón del otro) porque es un género que a la gente le gusta mucho, y respondió que, en efecto, “es un género que a la gente le gusta, ha tenido éxito, ha tenido recepción, pero sobre todo a mí me divirtió mucho escribirlo. Yo lo pasé bien, no voy a escribir algo para fastidiarme. Porque si el autor se aburre, imagínate tú el lector. Entonces, lo primero es que yo tengo que sentir el placer de lo que estoy haciendo”.

*

   Al escribir ficción se procede como el que urde una mentira antes de llegar a casa. No se debe abrir la boca hasta que no se han atado todos los posibles cabos por donde nos puedan preguntar y derribar la existencia de nuestra historia con la implacable presencia de la “duda razonable”. Sólo después que tenemos todos los frentes cubiertos, es que salimos, triunfantes, a echar nuestra mentira al mundo. Los cuentos, los capítulos, las situaciones, la vida de los personajes, son las pequeñas mentiras que van componiendo nuestro gran universo ficticio. ¿Cómo contar esa mentira? ¿Cómo dosificar la entrega de sus elementos para alimentar la credibilidad? ¿Qué tanto de lo que se sabe se debe mostrar? ¿Cuánto tiempo diario dedicaremos a esa tarea? ¿Cuándo comenzar y cuándo terminar? ¿Vale más la investigación que la imaginación? ¿Qué es “cantidad suficiente”?

   Ni el más experimentado narrador podría responder esas preguntas con excesiva certeza. Esa angustia que provoca el temor de no saber si podrán escribir ese siguiente libro, los mantiene en la eterna perplejidad ante el misterio de la creación.

   Y aunque ningún autor podría explicar cabalmente cómo escribe, si en algo coinciden todos es que sin la escritura la vida sería más miserable, menos llevadera. Como lo advirtiera con poderosa elocuencia José Pulido, cuando sentenció que “sin la ficción la realidad solo sería un montón de carne pudriéndose y el corazón sólo sería una víscera”.

                                                                                                                           
                                                                                                                                *Narrador venezolano.
Cofundador y editor del Portal Ficción Breve Venezolana
@hectorres
                                                                           


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jueves, 2 de junio de 2011

¿Cultura libre o cultura gratuita?

José Rafael Fariñas*

   Los desencuentros entre humanos pares es una cuestión de valores…o de razones no tan elevadas.
   Lo relevante en el disentir no está en sí mismo, sino en el hecho de que se incrementa la participación, crecen los puntos de vista distintos, se confrontan las ideas y las razones, se siembra y germina en campo fértil para la diversidad.

   Lo pernicioso, sin embargo, es cuando el disenso se construye sobre la base de supuestos para cuya concepción se parte de premisas erradas.

   Es el caso de la discusión actual entre quienes por un lado entienden cultura libre como cultura gratuita, y por otro los que sin negar las bondades del término, reivindicamos el rol de los creadores como parte integrante de la cultura, y por lo tanto, impulsores fundamentales del hecho cultural. Cultura como manifestación del hombre y para el hombre, cultura como herramienta para crear valores, modelar conductas, en fin, forjar mejores ciudadanos.

A continuación 4 consideraciones acerca de esta discusión:

Uno. Cultura libre no es cultura gratuita. La libertad en la cultura no tiene que ver con el precio, tiene que ver con las restricciones para su uso. Cultura libre significa crear las condiciones y generar políticas que posibiliten y faciliten la utilización de obras, prestaciones artísticas, y manifestaciones del folklore.

Dos. Cultura y dispositivos. La cultura libre no está reñida con dispositivos de auto-tutela ni con las medidas tecnológicas y de protección para la gestión de derechos. Estas medidas, consagradas por, ejemplo, en los llamados Tratados Internet de la OMPI sobre derecho de autor y derechos conexos, son completamente factibles para lograr la protección de los contenidos. Lo que se cuestiona de ellas es que puedan ser abusivas, prolijas, injustas, que impongan restricciones excesivas, que restrinjan de manera sustancial el acceso libre a los contenidos culturales.

Tres. Acceso a la cultura y derechos de los creadores. Sectores hay quienes afirman en la discusión que el derecho a la cultura está por encima del derecho individual de cada creador a que sus obras sean protegidas y recibir los beneficios que se generen por la utilización. Pues no. Entre el derecho de acceso a la cultura y el derecho de autor de los creadores no existe una relación de jerarquía, sino más bien de contenido a continente. El derecho de autor es parte integrante de la cultura, es un derecho humano, es la remuneración justa a la cual tiene derecho todo trabajador, en este caso un trabajador cultural, que además le sirve como estímulo para seguir creando y por ende, para seguir generando cultura. Ambos derechos se complementan en los propósitos, y así ha quedado establecido en el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Cuatro. El derecho de autor no es una barrera. El derecho de autor es un atributo, moral y económico, a favor de los creadores de obras literarias, artísticas y científicas. No constituye ese haz de atributos un obstáculo para que se usen las obras. Por el contrario, gracias a ellos los autores consiguen la contraprestación que les garantiza seguir produciendo contenidos culturales. La autorización previa de ellos y el pago de un precio para su utilización constituyen uno los componentes que integran el sistema de intereses. Por un lado de quienes desean acceder a los contenidos, y por el otro de quienes lo producen o lo crean. En el primer caso, accediendo a ellos libremente, sin restricciones. Y en el segundo caso, otorgando licencia previa y recibiendo la contraprestación económica que corresponda.



¡Nos corresponde a todos, con vocación de celadores, velar por ese equilibrio


* Abogado especialista en derecho de autor
Director General de 
@rafaelfarinas



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jueves, 19 de mayo de 2011

Letralia.com, una quinceañera con una memoria enciclopédica

Héctor Torres*


   Antes de la aparición de la imprenta, ideada en 1450 por Gutemberg, en la ciudad alemana de Maguncia, los pocos ejemplares de libros que existían eran copiados a mano tras largas y fatigosas jornadas, lo que hacía de cada copia un original fabricado por exclusivo encargo. Ese demorado y costoso proceso de duplicación de títulos ya nos da una idea de cuántas personas podían encargar un libro. O más asombroso aún, de cuántas personas sabrían (y tendrían motivos para) leer en la era pre-imprenta.
   Transcurrieron 400 años para que el mundo presenciara otra hazaña del ingenio, no ya en la masificación de los contenidos, sino en la velocidad de las comunicaciones. Antes de 1832, toda comunicación tardaba la velocidad del mensajero en alcanzar su destino. Es decir, que la correspondencia era un objeto limitado por los medios de transporte que el hombre había desarrollado. Para 1850 ya el telégrafo inventado por el norteamericano Samuel Morse se había extendido por Estados Unidos, Inglaterra y comenzaba a propagarse por otros países de Europa.
   La correspondencia dejaba de ser un hecho físico que viajaba a la modesta velocidad de los medios de entonces, para convertirse en algo más complejo y eficaz. La distancia adquiría otro sentido cuando la información emanada por alguien podía llegar muchísimo antes de lo que llegaría un hombre si saliese al mismo tiempo. En adelante, la guerra, el amor, la política, los negocios, ya no serían lo mismo. Para bien y para mal.
   Hitos que constituyeron un “doblar la hoja”. Momentos que hicieron al mundo más pequeño. Verdaderas revoluciones que cambiaron el modo de pensar y de actuar de sus respectivas épocas. La realidad, tal como se daba por sentada, quedaba desbaratada por la insaciable curiosidad del Hombre.
   Casi 250 años después nos alcanzaría la síntesis de ambas revoluciones. La masificación en la reproducción de contenidos y la comunicación de ideas y noticias prescindiendo del soporte físico encontraron el camino de su fusión a partir de 1989, con esa creación del inglés Tim Berners-Lee conocida como la World Wide Web (en confianza, “la web”).
   Curiosamente, esos hitos se asentaron en nuestro país en lapsos de cien años entre uno y otro. La imprenta en 1808. En la primera década del 1900 las líneas telegráficas ya cubrían buena parte del país, como para poder decir que se trataba de un servicio nacional. Y a menos de siete años del nacimiento de la web, ya en pleno siglo XXI, mientras el mundo avanzaba en la comprensión de toda una nueva forma de percepción de la realidad, Venezuela comenzaba a darle uso a este invento. Entre los pioneros se encontraba un proyecto de difusión de literatura (de los primeros del continente, valga acotar) que fue bautizado como: Letralia, tierra de Letras.

*

   Estaba en La Victoria (viví siete años en Aragua) cuando alguien me comentó que un narrador de Cagua estaba iniciando una “revista en Internet”. Se suponía que mis estudios en Informática podían arrojar luces que tradujeran en palabras comprensibles lo que significaba una revista virtual. Es decir, que intentara explicar cómo era posible que “algo” que no se podía ver ni tocar fuera de las pantallas, se pudiese considerar una revista.
   Ciertamente, ahora parecería una discusión bizantina, pero así como en estos tiempos nada está fuera de la red, hace quince años nada estaba adentro. El problema estribaba en explicar por qué debía estarlo.
   Me reuní, en efecto, con un tal Jorge Gómez Jiménez, quien me trasmitió más su entusiasmo que sus certezas sobre el futuro que tenía el asunto. Tanto, que sin lograr entender a cabalidad el funcionamiento de su revista virtual, le entregué unos cuentos para el primer número, el cual salió al aire el 20 de mayo de 1.996. Recuerdo que ese día me llamó y me informó, orgulloso: “Ya estás en la web”. Recuerdo, también, que sentí una alegría ajustada a las circunstancias. Es decir, inasible.

*

   Desde entonces y hasta ahora, salvo situaciones excepcionales, un nuevo número de Letralia ve la luz el primero y el tercer lunes de cada mes, en dos formatos: HTML y Modo texto. Su clásica conformación de revista impresa diseñada para la web, contiene, además del editorial, secciones fijas tales como: Breves, Noticias, Literatura en Internet, Entrevistas, Artículos y reportajes, Sala de ensayo, Letras y El regreso del caracol, entre otras, para un promedio de 70 artículos por cada edición (que serían entre 250 y 300 páginas, si se editase en papel). Así mismo, Gómez Jiménez, su editor, además de redactar buena parte de ese material y darle el sí final a las colaboraciones recibidas, tiene que responder un promedio de 100 correos mensuales de interesados en publicar en el sitio.
   No obstante la extensión de cada número, Letralia ha crecido hacia “ciudades satélites” que tienen vida e historia propia, aunque formen parte de esa “Tierra de Letras”: Editorial Letralia, Ciudad Letralia, Aula Letralia y Transletralia, además de Itinerario (una guía de sitios relacionados con literatura y arte en general) y la Guía de Concursos Literarios, una de las más completas del mundo de habla hispana.
   Agrégueselo a todo eso la edición de libros digitales, muchos de ellos acompañando las ediciones aniversarias. Como el caso de esta edición 15, con un libro temático con la participación de 35 autores sobre el tema “del doble” e incluirá ensayos, cuentos y poemas en torno a variantes del mismo: el plagio literario, los textos apócrifos, el alter-ego, etc.
   Quince años de la vida del editor al frente de esta faena. Quince años leyendo cuentos, poemas, ensayos, entrevistas, noticias, lanzamientos y eventos literarios llegados de todo el mundo de habla hispana, respondiendo amables correos de aceptación o rechazo, para conformar el material de cada nueva edición. Una labor que si se midiese en números podría traducirse en 253 ediciones (contando la del 15º aniversario), o en un poco más de 2.300 autores publicados. O casi 5.500 días dedicados a un mismo proyecto que atesora millones de palabras localizables en una misma dirección: www.letralia.com
   No es improbable que sólo Gómez Jiménez haya leído de forma íntegra todo ese copioso material. Tampoco es improbable que, dado la dificultad para publicar de aquellos tiempos remotos, Letralia acumule más letras en un mismo espacio que la mítica biblioteca de Alejandría. Lo que sí es seguro es que su trabajo es conocido en todo el mundo hispanohablante, es invitado frecuente a los encuentros internacionales que se realizan sobre el tema y ha recibido numerosos reconocimientos por el mismo, entre ellos, el ser finalista en dos ediciones de los prestigiosos Stockholm Challenge, que cada dos años otorga el gobierno de Estocolmo, con el apoyo del Royal Institute of Technology (KTH), a proyectos que hagan uso de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) para mejorar la calidad de vida de grupos humanos específicos.

*

   Letralia es una muestra elocuente de qué hablamos cuando hablamos de la síntesis de dos inventos revolucionarios: la web no se trata de la imprenta, ni se trata del telégrafo, se trata de ambas cosas. Conceptualmente, es el más libertario y democrático invento del hombre para comunicarse y difundir contenidos que se haya inventado hasta ahora.

   Letralia es un universo dedicado a difundir una muestra significativa de la literatura que se hace en español, con especial énfasis en los autores que no están bajo el cenital de los grandes sellos editoriales. En sus espacios nadie paga por leer y nadie paga por publicar. Paseando por sus innumerables rincones y laberintos, observando el cuidado, la atención puesta en cada detalle, el acabado del producto final, aunado al tiempo, a la vastedad de la muestra, a la perseverancia, salta a la vista el orgullo que su creador siente por ella.

   Quince años. Más de 250 ediciones. Consultado sobre cuál era la expectativa que tenía acerca del número de ediciones a las cuales apostaba aquel 20 de mayo de 1996, Jorge Gómez Jiménez no titubea. “Pensaba que no pasaría de veinte. Estaba convencido de que me iba a aburrir”.

Jorge Gómez Jiménez en Estocolmo



*Narrador venezolano.
Cofundador y editor del portal Ficción Breve Venezolana 
Twitter: @hectorres




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viernes, 13 de mayo de 2011

Caracas, un espacio para el arte



J. La Rosa*

Ciertamente están lejos los días en que Caracas era vitrina de lo más selectos eventos artísticos. En el campo de las artes plásticas, nuestras instituciones culturales una vez constituyeron la vanguardia del continente suramericano. Los museos eran un ejemplo de buena gestión y amplitud. En décadas anteriores fuimos testigos de exposiciones irrepetibles; desde las muestras itinerantes de arte europeo que presenciamos en los años 70, hasta los más recientes proyectos experimentales que nos hacían coparticipes de la discusión artística mundial. La ciudad gozaba de un extenso y bien conservado legado de arte cívico difícilmente igualado por otra capital de América. De manera pues, que existía un ambiente artístico denso y estimulante. En este denso ambiente convivían armónicamente varias generaciones de artistas, cultivando  una amplísima gama de expresiones.
En la actualidad, a pesar de que el mundo de la plástica no luce nada halagüeño, en términos de la inversión y promoción estatal, encontramos una diversidad de lenguajes y expresiones de un nivel tan alto como en épocas anteriores. Puede decirse que existe una continua difusión de los talentos incipientes, que ha contribuido con el sano relevo generacional, ampliado el panorama artístico significativamente.  Así mismo  la inclusión de manifestaciones antaño pasadas por alto, ha generado nuevos y enriquecedores debates que alimentan a cada una de las partes del circuito del arte.

Ciertamente la actividad museística del país ha decaído bastante en lo que se refiere al apuntalamiento de los artistas establecidos y a la promoción de los artistas jovenes; esto ha contribuido con el desplazamiento de los sitios de interés artístico desde los lugares donde tradicionalmente se encontraban. Los núcleos de difusión de la plástica se han ido moviendo paulatinamente al sector de las galerías y de las salas alternativas. Caracas cuenta con una cantidad nada desdeñable de estos espacios, los cuales han asumido en cierta manera el completo rol de impulsores de la actividad creativa.
 La ciudad, a todo lo largo de su extensión está ocupada por pequeños espacios que sirven de nichos de difusión artística. El centro de la actividad más fuerte pasó de estar en un lugar determinado de la ciudad a diseminarse por toda ella. Hoy encontramos una amplísima variedad de espacios en los que se exponen las indagaciones artísticas más diversas.
Complejo Cultural Teresa Carreño
Fotografía: José La Rosa
 La plaza de los museos de los Caobos y todo el eje que conducía desde el Museo de Bellas Artes hasta el Museo de la Estampa y el Diseño, pasando por el (desplazado) Ateneo de Caracas,  ya no es un lugar de interés artístico propiamente dicho. En nuestros días la zona de  Las Mercedes se ha constituido en un verdadero foco de atracción cultural, allí encontraremos algunas de las más importantes galerías del país. Podemos conseguir en un sector relativamente pequeño de la ciudad, salas de exposición de distinta especie;  las galerías que están dedicadas a las obras de maestros consagrados, las que se orientan a exponer obras de artistas con amplia trayectoria y por último las que impulsan la labor de jóvenes artistas. Galería Ascaso es un notable ejemplo del primer tipo, en ella se exponen obras de alcance mundial;  como la exposición que está  desde principios del mes de febrero hasta finales del mes de mayo que presenta las obras de grandes artistas como Alejandro Otero, Jesús Soto, Víctor Valera, entre otros. La Galería Freites también se dedica a este tipo de obras, en sus salas encontramos artistas nacionales y extranjeros como Alirio Palacios, Antoni Tapies y Baltasar Lobo, sólo por mencionar algunos.
 Luego encontramos sitios como la Galería Medicci  donde se muestran artistas de larga trayectoria con una carrera ya extensamente desarrollada y consistente. Okyo galería es otra opción a considerar, allí se exhiben las obras de artistas con una carrera  establecida, como los participantes en la muestra que inaugura el domingo 15 de mayo (“Etnofanías, geofanías”,  Pinturas y fotografías de Carolina Vollmer y Isabela Eseverri). Por último podemos mencionar algunos espacios dedicados a la obra de los artistas incipientes, en este nivel encontramos como un caso digno de mención a la Galería Artepuy, donde se pueden encontrar, por ejemplo, la destacada obra pictórica de José Vivenes y de Paúl Parella (ambos jóvenes artistas cuya obra ha sido galardonada y se encuentra en proceso de desarrollo). Hay que mencionar también el Estudio de Arte Ocho, un verdadero centro de difusión de los nuevos talentos artísticos.
Galería Dimaca
Fotografía: José La Rosa
 Más allá de esta zona específica de la ciudad tenemos también propuestas interesantes como por ejemplo, GBG Arts en Prados del Este, dedicado a artistas con una trayectoria desarrollada; Galería Dimaca en la zona de los Palos Grandes, es un sitio donde podemos encontrar obras de artistas con amplio reconocimiento. Esto sólo por mencionar dos ejemplos. Ya en las afueras, en esa extensión  de Caracas que es el Hatillo, encontramos la interesante Galería 39, con grandes espacios de exposición y una plantilla de artistas jóvenes bastante amplia.
 Llevando un poco la mirada lejos de las galerías privadas, también podemos encontrar lugares que son importantes tanto por la amplitud y belleza de sus espacios como por su legado; La Galería Universitaria de Arte UCV, es un excelente ejemplo de esto. Debido a su carácter público es una sala donde el componente comercial queda relegado y se le da preeminencia al aspecto puramente artístico. De forma parecida el Centro de Arte Los Galpones, ubicado en los Chorros, merece ser mencionado especialmente. Con enormes espacios donde se conjugan la practicidad y la belleza, “Los Galpones” viene a ser un sitio de interés artístico de primer nivel. Constituye  un ejemplo notable de lo que debe ser un centro de difusión cultural. Las muestras de arte más disímiles se pueden encontrar allí; desde las artes plásticas tradicionales hasta el arte experimental y el arte performativo. Este centro combina la función comercial con la puramente expositiva, prestando sus espacios para las diversas manifestaciones, con un esquema de autogestión bastante interesante. Posee diversas salas de exposiciones cada una orientada a un tipo de arte y a un público determinado. Además cuenta con salones para conferencias y talleres donde se promueve continuamente la discusión y el debate artístico. Muchas de las más importantes muestras de los últimos años han sido llevadas a cabo en estos espacios. La más reciente del artista Frank Wow, basada en el videoarte y el arte digital da cuenta claramente de esto.

Galería Artepuy
Fotografía: José La Rosa
 Todos estos lugares de los que hemos hablado son sólo algunos ejemplos del amplio universo expositivo y de debate artístico que existe a nuestro alrededor. Este brevísimo recorrido demuestra que  Caracas es una ciudad con muchas ofertas artísticas, donde el talento florece no obstante los inconvenientes socioculturales que suelen presentarse. La amplísima gama de propuestas, la pluralidad de lenguajes que podemos encontrar en cualquiera de estas galerías, contribuye a formar un ambiente creativo enriquecedor, que no es nada común.  Se puede apreciar que aunque los días de los grandes museos se han ido, aún estamos en la construcción de un patrimonio artístico vasto y hermoso. 


*Pintor


El espacio Sacven Creativa no se hace responsable de las opiniones emitidas por los escritores.