jueves, 22 de septiembre de 2011

Monólogo de una hoja al caer

   José Rafael Fariñas*


    El sol se tuesta allá arriba y se hace llama. Es una sensación de fuego que se adueña de mí lentamente, palmo a palmo, mientras la claridad del día se va moviendo cada vez más intensa, sin prisa, del este al oeste. Es una especie de agonía a pedazos que se repite día a día. Cuando llega el ocaso, sólo quedo yo, hoja de árbol mirando hacia abajo, hacia esa tierra tostada donde otras hojas se desparraman, secas, crujientes, al pie de los árboles desnudos.

   He crecido infinita en verdes intensos como la rama misma. Mi árbol y yo nos hemos alargado como buscando el cielo, en medio del parque y entre los caminantes abstraidos que pasean de mañana todas sus soledades y sus perros. Suelo verlos recoger sin asco la caca de los canes que luego depositan juiciosamente en una papelera verde, hasta que ese envase alargado ya no es un depósito más sino una gran caca inmensa del tamaño del mundo.

   Otros corredores dan zancadas de liebres y detrás igual de rápidos más corredores, jadeantes como perros en caza.

   Mi piel, ésta que se ha bañado en el rocío de las cinco y en el cantos de los pájaros, ésta cuyos verdes se erizan siempre al soplo de los vientos…se ha tornado amarillenta. Ya no es verde intensa ni brilla. Unas manchas pequeñas aparecieron de pronto, y luego otras y otras más.

   Asida al tronco, cada vez me siento más debil. Ya no soy parte de la fortaleza del árbol, más bien hemos empezado a ser dos, cada quien apostando a su manera por otro poco de tiempo. Vivo a diario entre la intensidad del sol y la pena del desgaste.

   Desde lo alto del árbol que se va quedando desnudo, veo que somos cada vez menos. De tanto en tanto se desprende una hoja vecina que fue verde, y luego amarilla, y más tarde marroncita y menos amarilla. Una a una van cayendo, mientras yo con horror miro mi piel ya sin verdes, pero con muchos amarillos tostados por el sol.

   Añoro el viento agresivo. Oh tiempos aquellos en que las hojas rebeldes domábamos el viento, mientras los árboles contentos bailaban al vaivén de las ráfagas heladas.

   Heme aquí asida sin fuerzas. La hoja, y la rama, y el tronco dejamos de ser uno y somos ya tres ahora. Cada quien abandonado a su suerte, añorando un poco de tiempo más. Mis amarillos son cada vez más tostados como el sol. Yo, a estas alturas, he adquirido el sosiego de la víctima y la certeza del desgaste.

Esta mañana es distinta y premonitoria.

   El tronco se mueve, la rama se agita y siento que las fuerzas me abandonan. Una última ráfaga caliente del domingo, y empiezo a caer desde la copa. Es una caída libre y lenta. Entre la copa y el suelo hay sólo la distancia que separa el ser de la nada.

   A lo lejos los corredores avanzan jadeandes, agresivos, con zancazas de liebres. Las pisadas enormes, fuertes, triturantes.

  Caigo justo al lado del árbol desnudo, en medio del camino, mientras el estruendo de pájaros se hace un coro infinito. Después de mí, me pregunto, adónde irán a parar esos cantos de los pájaros…adónde el sol y la lluvia?.

Mi piel ya no es amarilla tostada sino marrón opaca, crujiente.
Los corredores avanzan. Cada vez están más cerca.
Con la conciencia del fin, los veo venir…




*Abogado especialista en derecho de autor
Director General de @sacven
@rafaelfarinas


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jueves, 15 de septiembre de 2011

La vida es literatura, pana. Y de la mala.

  Héctor Torres*


 Una de las habilidades que desarrollamos con el hábito de la lectura, es esa afilada capacidad de olfatear argumentos manidos y finales predecibles. En cierta ocasión, hace poco menos de un año, acompañando a un querido amigo en un durísimo momento por el que atravesaba, me contó uno de esos típicos episodios llenos de absurdas simetrías y juegos de espejos que la vida emplea, usualmente para anunciar el advenimiento de estas situaciones extremas. Luego de un silencio, procurándole un receso a su dolor en los predios del pensamiento, mi amigo sentenció:

   La vida es literatura, pana. Y de la mala.


Héctor Torres.
Fotografía Cortesía Librerías Kalathos
   No supe qué frase meritoria agregar a ese comentario tan devastado. Sin embargo me quedé pensando en que, en efecto, la vida parece echar mano de esas historias como una tosca forma de decirnos que todo, hasta lo más atroz, forma parte de un algo que entraña, en su ruda imparcialidad, una primitiva concepción de equilibrio, justicia o qué se yo.

Tiempo después, esa sentencia volvió a mí convertida en una esclarecedora certeza: La literatura no es una versión imperfecta de la vida, como suele creerse; la vida es una versión imperfecta de la literatura.

   Consciente o no de eso, el escritor tiene algo de explorador y algo de minero. Su intuición lo impulsa a buscar explicaciones no agotadas (es decir, verosímiles) a la vida (que es decir, a sus historias). Sabe reconocer esas tierras en las que ya no se puede cultivar nada, e intuir el orden adecuado con el que las palabras podrían arrojar luces sobre esa cosa amorfa e infinita llamada vida, para surcar, con el solo hecho de pensarlas, nuevas posibilidades.

   El que escribe, entonces, tiene algo de explorador y de minero, pero muy poco de conformista con la realidad, tal como viene del paquete.

   Así como la propia vida, el tiempo al que cada quien le toca vivir tiene sus momentos duros, enmarcados en esa cursi literatura de los símbolos arcanos. En esos momentos es que resultan tan necesarios aquellos que saben olfatear argumentos manidos y finales predecibles. Aquellos que, por no ser conformistas, ensayan otras explicaciones a la realidad de todos los días.

   En estos tiempos, en que para bien y para mal se ha revelado el espíritu nacional en toda su dimensión, encontramos que, junto al afán de hacer de un infeliz slogan una triste realidad (aquello de “somos millones con una sola voz”), ha surgido con más potencia que nunca el deseo de ofrecer nuevos argumentos a la vida, de darle alternativas a esa mala literatura que la realidad a veces se empeña en ofrecernos. Y ese deseo no viene solo: viene de la mano de espacios y proyectos que florecen contra toda cordura, permitiendo apostar al éxito de aquella empresa. Uno de esos proyectos es, sin duda alguna, este concurso de SACVEN que hoy, con la presentación del volumen que recoge los cuentos ganadores y mencionados de la séptima edición, concluye un nuevo ciclo que marca, a su vez, el inicio de otra tanda de buenas noticias y nuevos motivos para ampliar nuestra cartografía de la esperanza.


Finalistas del Concurso
Fotografía cortesía Librería Kalathos

   Este concurso y este hermoso volumen que hoy presentamos, son parte fundamental de esa cartografía. En él se reúnen algunos de los nombres que, gracias a su indeclinable perseverancia y su esencial inconformismo, son tercos reincidentes que ya se han asomado con éxito en otros espacios. Miguel Hidalgo Prince, Keila Vall de La Ville, Arnoldo Rosas y María Ignacia Alcalá (en la Semana de la Narrativa Urbana), o Jesús Miguel Soto y de nuevo Miguel Hidalgo y Keila Vall (en el Premio de Cuentos de la Policlínica Metropolitana), por ejemplo; o Milton Quero, en la Bienal de Novela Adriano González León y nuevamente Jesús Miguel Soto (en el Concurso de cuentos de El Nacional). A esas voces en pleno proceso de consolidación de una obra propia, se suman en este volumen los nombres de Lorena Bou Linhares, Milagros Quintero y Haydée Solano, que constituyeron tres gratísimas sorpresas que recibí durante la lectura del libro.

   Leer este volumen es asistir a una aventura que nos lleva a un borgeano argumento ambientado entre perdedores en un bar en la Nueva Granada; o a la génesis y vida de un homosexual decadente contada por él mismo; o a una historia de amor platónico en fuerte contraste con una vida de adrenalina desatada en deportes extremos. Pueden suceder en cualquier ciudad o pueblo de Venezuela o tener como parajes una playa de Australia. Pueden usar como pretexto una venganza para terminar solazándose lateralmente con la inquietante imagen de una silvestre púber. Pueden hablar de la vida de unos músicos o de unas peluqueras. Pueden, en fin, contar hechos cotidianos o revelar mágicos sucesos, pero en todos los casos, lo hacen con trazo firme, sin complejos ni vacilantes pudores.

   En días pasados se dio a conocer el veredicto del Premio Internacional de Cuentos Juan Rulfo. Tres cuentos, entre casi 1700 llegados de todas partes del mundo, estuvieron coqueteándole a la diosa Fortuna en la mesa de un jurado, en una oficina en la lejana París. Uno de esos cuentos, que desafortunadamente no fue el ganador, era de un venezolano. Un para nada consagrado Aquiles Zambrano, de casi 24 años, lograba esa inusual hazaña. Las bondades de las redes sociales me permitieron dar con el autor y, en pocas horas, estar recibiendo el cuento en mi correo. Esa historia que estuvo a punto de darle el Juan Rulfo a un cuento venezolano, titulada La continuidad de los borges, hablaba ¿casualmente? de un joven autor que escribía un texto con la esperanza de ganarse el Concurso Nacional de Cuentos de Sacven, y que fue llamado a la sede de la institución para que explicase una increíble irregularidad: su cuento y el de otro participante que también había sido convocado al despacho del director de la institución, y al cual el protagonista no había visto en su vida, no es que presentaban sospechosas similitudes en sus argumentos: eran idénticos letra a letra, punto a punto.

   Cuando decimos que la literatura no es una forma imperfecta de la vida, sino al revés, no estamos siendo demagogos ni grandilocuentes. Esta noche nos permite constatarlo. Nos reunimos para celebrar el buen puerto al que llega otra edición del Concurso de Sacven, y días antes un venezolano casi gana el Juan Rulfo hablando en su cuento del Concurso que hoy celebramos y, al igual que el ganador del SACVEN de este año, haciendo un guiño a ese maravilloso aporte a la literatura universal, llamado Jorge Luis Borges, ícono indiscutible en eso de hacer, con la literatura, versiones más sublimes de la realidad. Una forma muy elegante de celebrar esa persistencia con la cual la literatura sale al paso a la vida cuando se empeña en ser manida y predecible.

   La manera que tenemos todos los presentes de celebrar este modesto portento es creer en este libro y agradecer a sus autores la tregua que nos ofrecen, brindando por la buena noticia que son en este momento, y llevándonos un ejemplar esta noche a casa para continuar celebrando lo que podrían ser las versiones de la vida, si la dirigieran dioses ebrios y juguetones.

Muchas gracias por su paciencia.        





*Narrador venezolano.
Cofundador y editor del Portal Ficción Breve Venezolana




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jueves, 8 de septiembre de 2011

Historia sobre Malone

Jesús Miguel Soto*


   La historia me la refirió Larry la misma noche del asesinato de Malone. Advierto en primer lugar que hay que saber escuchar a Larry; un poco de alcohol ayuda a adentrarse con paso firme en sus frases laberínticas; pero un exceso de tragos puede hacer que uno se pierda en ese laberinto, o que  no se sepa cómo se entró, o en el peor de los casos que ni siquiera se sospeche que se está en el interior de una estructura dédálica. En ocasiones, las extensas digresiones de Larry sirven para evidenciar sus mentiras pero también para hacerlas pasar por verdaderas. Una historia de Larry nunca es del todo cierta, pero tampoco del todo falsa. Hay que sopesar con cuidado sus eufemismos, escudriñar en sus balbuceos trémulos, inferir a partir de sus silencios súbitos; jamás hay que interrumpirlo ni contradecirlo, sino dejarlo desembocar a su propio ritmo en el final de su historia.
            Sin embargo, la historia que me contó Larry la noche que mataron a Malone fue más bien precisa, sin sus eternos rodeos habituales y libre de florituras innecesarias. La contó en un tono distinto al resto de sus narraciones, lo cual indicaba que si esta vez era verdadera, el resto de sus historias eran falsas. Según su repertorio narrativo, él mismo había sido tripulante de un barco malayo que intentó invadir Puerto Cabello en 1972 pero que se quedó varado en Curazao y entonces todos sus miembros se dedicaron a la hotelería y al comercio ilegal de carne delfín; también contaba que fue policía durante ocho años y desmanteló él sólo una banda de curas narcotraficantes pero nadie le creyó y por eso fue expulsado, o que había sido el pionero del negocio de las tarjetas telefónicas pero las grandes trasnacionales conspiraron contra él y le quitaron “todo, menos esto”, y  se tocaba los testículos, el corazón, la cabeza o algún otro órgano.
            A veces pienso que el relato de la última noche de Malone, fue tan solo un episodio más de una narración de mayor envergadura que fue tejiendo poco a poco y me la estuvo contando desde hacía días sin que yo me percatara.
            A Larry y al resto de los caballeros de la mesa redonda los conocí hace poco más de seis meses cuando empecé a frecuentar el bar Las Tres Sirenas, un tugurio sifilítico ubicado en la avenida Nueva Granada, cuyos parpadeantes neones multicolores, en vez de adornar la noche, la volvían macabra.
Mi mujer, tras ganar la lotería de Florida, se había largado a los EEUU sin dejarme un miserable dólar, así que me volví adicto a las ninfas marítimas de la taberna, muy profesionales todas, enamoradas de su oficio y muy diligentes. Un mes de caricias prodigiosas me hicieron olvidar rápidamente a Nastascha, mas no pudieron apartar de mi memoria el brillo dorado del cartón rectangular donde ocho números pares decretaron la desdicha mía y la felicidad de ella, cifrada en un cuarto de millón de billetes verdes.
            Poco a poco Las tres sirenas se fue convirtiendo en mi segundo hogar, seguido de mi habitación, que compartía con tres mandarines silenciosos en la avenida Fuerzas Armadas. En fin, el bar era de esos lugares, que aunque repulsivos a primera vista, terminan acogiéndolo a uno con cierta placidez enguantada. No era yo el único que estaba allí a mis anchas. Lucho cara ´e piedra, de quien se decía que era eunuco por su reticencia a estar con las chicas, también lo había hecho su segunda patria, al igual que El pollo Andrade, quien desde muy temprano en la mañana entraba por la puerta de atrás y en solitario iba calentando la mesa de billar a tal punto que cuando llegábamos los clientes nocturnos ya la fatiga en sus muñecas no le dejaba ejecutar las gloriosas maniobras que decía realizar cuando todos estábamos ausentes.
            Pero uno de los más singulares sireneicos era Larry. Su forma de moverse por el bar, manosear los culos redondos de las chicas y pellizcar sus pezones con desparpajo daba a entender que era uno de los clientes más asiduos y más antiguos por lo que gozaba de ciertos privilegios proscritos al resto de los clientes normales. Larry era de esas personas que uno no quiere saber a qué se dedican, ni siquiera descubrirlo por error. Con su aire bonachón y altivo nos fatigaba con sus historias interminables, enrevesadas y contradictorias. En mi vida anterior seguramente le habría huido a una persona como él, pero ahora me daba igual que orbitáramos en el mismo espacio, pues yo me había convertido en una vaca insomne que se deja atacar por bandadas de moscas. Me daba lo mismo escucharlo; sin embargo no me atrevía a  mirar mucho hacia el bulto que se insinuaba en su costado izquierdo a la altura de su cintura, como sobresaliendo del pantalón y apenas cubierto por sus coloridas chaquetas de fieltro.
            En cuanto a Malone, recién tenía dos semanas de  haber comenzado a frecuentar el local y aunque no conversaba mucho fue acogido en la redonda mesa de plástico donde nos empotrábamos a partir de los miércoles hasta los domingos a esperar que algún hecho fortuito le diera emoción a nuestras aburridas existencias. La verdad no eran muchos eventos de este tipo pero cuando ocurrían al menos nos daban para conversar por un mes entero. Por ejemplo cuando Esmeralda salió corriendo desnuda de la habitación porque un cliente resultó ser una doña disfrazada, o cuando Yadira y Yamilet protagonizaron una pelea de barro en bikini, pero en vez de tierra mojada se untaron con mierda de las letrinas. Recuerdo que ese olor pervivió por varias semanas en las paredes descascaradas del bar y que algunos, tras preguntarse si era parte de un show nuevo, esperaron ansiosos su repetición.
            Como Malone cancelaba sus tragos sin demora, no hacía mucha bulla, demostraba destreza en el dominó y eventualmente brindaba una que otra birra lo dejábamos estar sin mayores problemas en nuestra mesa circular. Pero hay que acotar que había algo extraño en la forma que Larry miraba a Malone y en la forma en que Malone fingía ignorar que Larry lo miraba, y así mismo había cierta extrañeza en la forma en que el resto fingíamos no percatarnos de como Malone fingía no saber que Larry lo veía fingiendo que no lo hacía y en ese juego de fingimientos empotrados unos dentro de otros como las muñecas rusas podríamos pasarnos toda la noche cavilando; pero de esa y de cualquier otra abstracción filosófica nos sacaba el bamboleo de la enormidad mamaria de Celia cada vez que se aproximaba a la mesa con una bandeja llena de vasos almendrados por la coloración del ron.
            Una vez en los urinarios Larry hizo un comentario refiriéndose a Malone: “Este tipo se trae algo raro. Va a joder a alguien aquí”, dijo interrumpiendo mi micción que siempre se frena cuando otro orina al lado. Luego que me dejó solo frente a la obra de Duchamp, libre para llenarla a mis anchas, le pregunté el porqué de sus inferencias, y como respuesta se dedicó a referir una carrera de caballos de la víspera en las que sus corceles quedaron todos en el orden que vaticinó pero al revés: el primero que le jugó quedó de último, el segundo de penúltimo y así, explicó Larry. “Hubieses ganado un montón de plata si apostabas al revés”, le dije. “Y quién dijo que no lo hice”, se río Larry al tiempo que  me mostraba el contenido de un sobre repleto de billetes, verdes, no de dólares sino de 50 bolívares. “Claro, este tipo de negocios se pueden hacer si no hay gente vigilando o estorbándole a uno”, dijo Larry de salida y después se fue tras las nalgas de Lucrecia, la empleada con más trayectoria del bar, quien siempre se  jactaba de que en 29 años de servicio ininterrumpido no se había producido ni un disparo dentro del recinto.
            Esa noche apenas tenía para pagarme un máximo de dos tragos y lamenté que no fuera quincena porque el ambiente rebosaba de festividad; así que no me quedó otra que chuparme mis propios hielos y luego los sobrantes de los demás para tener al menos un vaso con algo en su interior para menearlo. Cuando ya no había más tragos a los que robar agua solidificada, Larry se compadeció y me brindó una botella entera de ron blanco y eso que él no es amigo de compartir lo suyo con nadie. Tras ello se dedicó a sacarme la información de cómo es que mi esposa se ganó 250 mil dólares en Florida y se desapareció sin dejarme un maldito centavo y yo estoy allí tan tranquilo hundiéndome en la miseria y con un sueldo mediocre. Insinuó que la culpa era mía, no por dejarla ir, sino por no irla a buscar y traerla arrastrada por los cabellos y ponerla a trabajar 24 por 24 horas hasta devolverme el último centavo. Le aclaré que, aunque yo era quien jugaba con 15 años de fiel dedicación dominical a la lotería de Barinas sin nunca tener suerte,  ella fue quien compró el boleto de la lotería de Florida con su dinero y por iniciativa propia. Larry, sin  aceptar mi patética explicación, se dedicó a repetir: “24 por 24” al tiempo que volvía a llenar nuestros vasos. Luego, como quien arroja un hueso a un perro, me recomendó un par de números de lotería, pero le dije que no tenía con que jugarlos y entonces me financió la apuesta con un montón de billetes arrugados de todos los colores que sacó del bolsillo izquierdo de su pantalón; tuve la tentación de espiar bajo su chaqueta mientras hacía esto pero me contuve y miré hacia el techo.
            A primera hora de la mañana realicé la apuesta con los datos que me dio Larry. La emoción de haber ganado me retuvo en casa y los mandarines se dedicaron a responder a mi muda alegría con sonrisas muy corteses.
A la noche siguiente les brindé ginebra a todos en el bar, menos a Malone que no se presentó. Alguien acotó su ausencia y Larry, muy solemne como si le ardieran las hemorroides, solo dijo que esta cuadra ya tenía dueño y que mejor que Malone se quedara en su sitio de origen, lugar que era desconocido para todos así como su verdadero nombre; ya que el mote de Malone se lo pusimos nosotros en alusión a la ancha cicatriz que le cruzaba el pómulo derecho y a la expresión de asesino jubilado que ponía cada vez que el alcohol atravesaba su garganta. Y él aceptó ese apodo con naturalidad y hastío.
Como no había nada más interesante de que conversar (pues mantuve en secreto mi modesto triunfo en la lotería) empezamos a conjeturar quién sería Malone, por qué no había venido hoy, cual sería su nombre verdadero y cual la razón de su cicatriz.
            A Larry pareció molestarle la historia y se retiró a otra mesa más bullanguera. Cuando mi grupo se disolvió y yo quedé solo en la mesa, dispuesto a gastarme al menos la mitad de mi ganancia en la lotería, Larry se acercó a mi mesa, no para cobrarme el préstamo monetario y cabalístico que me hizo sino para contarme una de sus historias.
            En fin la historia que me contó Larry la noche que mataron a Malone fue algo breve comparada con las demás. Según Larry, la noche anterior, Malone estaba dándole duro al ron en un rincón ni tan sombrío de Las tres sirenas. Junto a tres desconocidos sin nombre armaron un dominó que se prolongó hasta las tres de la madrugada. Los boleros brotaban melancólicos de la desvencijada rockola. Nadie movía un pie, pero los ojos tristes de la mayoría bailaban a través de los recuerdos de algún despecho atragantado. De todos modos: ¿cómo iban a bailar si eran puros hombres? Todas las chicas estaban ocupadas en las habitaciones y abajo los clientes esperaban pacientemente su turno. La única mujer esa noche era también una clienta, y acompañaba a un viejo en la silla de ruedas desdibujado en  la penumbra de un rincón. La mujer lo acariciaba con esmero pero con un dejo imperceptible de lástima. Las facciones eran borrosas, desde la mesa de Larry lo único que se distinguía eran las brazas de  sus cigarrillos que oscilaban como péndulos fatigados. En algún momento la silla, empujada por la dama, rodó de modo ceremonial rumbo a la puerta de salida y se detuvieron frente a Malone. La mujer se inclinó como si le fuera a pedir un cigarrillo o fuego o algo así, pero no, lo que hizo fue marcarle en la mejilla a Malone un beso púrpura de labios gruesos y torcidos. Después fue que salieron. Los cuatro de la mesa se rieron contagiosamente hasta desbaratar el esqueleto de piedras blancas y bañarse un poco en ron. El que hacía pareja con Malone, un joven muy blanco, comenzó a reír en falsete, casi que temblando de nervios y no atinaba a encender su cigarrillo y alguien lo ayudó a sostener con firmeza el yesquero. Sin embargo un brillo en sus ojos daba la impresión de que había hecho un buen negocio con su vida y que merecía celebrarlo. El joven se puso de pie con mucha calma, escupió el cigarrillo al suelo. Miro al grupo con serenidad, más bien con resignación, aunque quizá sólo miró a Malone, y Malone respondió a su mirada como queriéndole decir algo que no sabía cómo decir.  El joven se movió de tal manera que pensé que también le iba a dar un beso a Malone, pero lo que le estampó fue un corte de cuello con una navaja mínima pero muy brillante, y la sangre de Malone empezó a salir como desesperada. En el alboroto de socorrer a Malone el joven se esfumó como una sombra, sosteniéndose el pecho como si el corazón se le estuviese saliendo por la tetilla.
            Le dije a Larry que la historia había sido bastante entretenida y sobre todo verosímil con excepción del pequeño detalle de que Malone venía entrando más vivo que nunca, por la puerta de Las tres sirenas. Larry sonrió con modestia o con desdén. Sus gestos son tan confusos como sus frases. Chocamos los vasos y cambiamos de tema.
Más tarde, en el baño, Larry me interrumpió de nuevo el flujo de mi espumosa orina etílica. Se peino el bigote frente al espejo, se ajustó los pantalones, y dijo que esta noche yo sería muy feliz. Me pareció extraño que orinara en la poceta en vez de un urinario. Antes de irse se cercioró de que yo inspeccionara el cubículo donde había meado y tomara un sobre amarillo, grueso, firme, y lo guardara con esa seguridad que sólo transmite el dinero en efectivo. Me dijo que sus historias nunca eran falsas. Si quieres multiplicar esa suma juégale al caballo 8 en la tercera carrera de mañana, si no quieres déjalo así, igual es bastante plata. Se peino el bigote con un peinecillo de finas cerdas y de nuevo de fue tras las nalgas de Celia. Horas después, cuando la madrugada se apretaba en el cielo degollé a Malone mientras jugábamos una partida de dominó y me perdí en la noche con el grueso sobre amarillo envuelto en mi chaqueta para protegerlo de la lluvia.

* Ganador de la VII edición del Concurso Nacional de Cuentos Sacven


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jueves, 1 de septiembre de 2011

¡En la parada!

Giovani Mendoza*


Seis millones de historias tiene la ciudad de Caracas…
(Pedro Navaja, si Blades hubiese nacido en San Agustín)


Ismael, es un tipo joven, un tipo como cualquier otro; es un buen tipo.
   Creció escuchando música popular de toda clase, desde Julio Jaramillo hasta Cornelio Reyna, desde lo más comercial difundido por la radio y la televisión, hasta lo menos conocido y, por tanto, menos rentable para la industria de la música. Pero en su vida, esa mezcla de sonidos afrocaribeños que cobró su forma definitiva y comercial en la Nueva York de los años setenta, y a la que se le llamó “salsa”, gracias a la ocurrencia de un locutor venezolano, según reza el mito urbano, tuvo siempre un lugar especial. A los quince años, en pleno romance con su adolescencia, tuvo un acercamiento particular con la llamada “salsa brava”. Había llegado en ese momento al pueblo en el que vivía, un bajista fanático de esa música. Ismael y el bajista se cruzaron fortuitamente en el reclutamiento de músicos locales que una “niña bien” estaba haciendo, porque se había encaprichado con la idea de ser cantante pop y tener su propio grupo. Por supuesto, aquello no prosperó más allá de dos o tres reuniones de esas hechas a la medida para perder el tiempo.

    Pero valió la pena. Ismael y el pana del bajo coincidieron en su gusto por la salsa vieja, la brava, “la de verdad”. Fue allí cuando comenzó ese cortejo con la historia del género, con las historias que contaban sus canciones y, aún más, con las a ratos desgarradoras historias –las reales, ahora sí- de sus principales protagonistas. Fue en ese momento cuando tomó conciencia de la existencia de un Héctor Lavoe, un Richie Ray, un Willie Colón, un Rubén Blades, un “Cano” Estremera; de sus tocayos Ismael “Maelo” Rivera e Ismael Miranda, apodados “El sonero mayor”, el primero, y “El niño bonito de la salsa”, el segundo. (En solitario, disfrutaba con la tonta fantasía de haber sido bautizado con ese nombre, en honor a estos colosos del ritmo, al menos a uno de ellos, cualquiera de los dos, no importaba). Pronto, comenzaría su nada común costumbre de apilonar en algún polvoriento rincón de su memoria, motes de salseros de todas las épocas.      
    Un detalle: Ismael tocaba piano popular, de allí su vínculo con los ritmos latino-caribeños y su admiración a Enrique Arsenio Lucca, mejor conocido como “Papo” Lucca y a “El judío maravilloso”, Larry Harlow, los cuales encabezaban una larga lista de ases de las teclas. La colección de apodos, como se ve, crecía.

   Al poco tiempo, Ismael se mudó a Caracas a proseguir sus estudios, formando parte de esa historia de migración de quienes se desplazan de su entorno rural hacia las urbes. Ahora vivía en la misma ciudad de la que le hablaba aquél bajista que conoció en su pueblo de origen, el cual había salido huyendo de las penurias de subvivir en un barrio caraqueño. Corría el año 1996 cuando Ismael llegó a Caracas; era el mes de septiembre. Solo, en una ciudad como esta, que te acaricia y te golpea al mismo tiempo, hostil y amable a la vez, aprendió a apreciar el paisaje sonoro que lo rodeaba. Eran los tiempos en que la emisora CNB (Circuito Nacional Belfort) era la radio salsera predilecta de la ciudad. “Después la jodieron”, pensaba cuando recordaba que CNB dejó de ser salsera paulatinamente, sin que nos diéramos cuenta; ahora, ni siquiera existía el circuito.

   Ese año, dos piezas sonaban mucho en esa radio, cobrando un significado especial para él, que desde la distancia, desde la diáspora, se aferraba a la música que lo rodeaba, que lo apasionaba: Aguacero, de El Gran Combo, y Mentira, de José “Cheo” Feliciano, dos canciones ideales para el despecho, para cantarle a ese amor ausente. A los dieciséis años, y totalmente desprovisto de su historia reciente, lejos de su gente, de sus amoríos, de su familia, este par de piezas venían como anillo al dedo, lo marcarían para siempre. Fue allí cuando comenzó a preguntarse qué escuchaba el transeúnte caraqueño, con qué música tenía contacto cotidianamente, qué lo sensibilizaba. La pregunta tuvo varias fases. Primero había que definir de qué espacio estábamos hablando: ¿fiestas privadas, eventos en vivo, conciertos? Qué tal si nos preguntamos cómo interactúa un peón caraqueño con la música que escucha a diario montado en una camionetica, por ejemplo, pensaba. Descartó el metro para delimitar su objeto de estudio. Pero no fue tan fácil para él. Tenía que depurar esa pugna que vivía dentro suyo entre ser un académico, alguien que tocaba en una orquesta sinfónica, y ser un músico popular, alguien que, a los quince, había fundado en su pueblo natal, una orquesta de salsa con un bajista que había llegado de Caracas pocos años atrás. Al final, la academia ganó terreno, e Ismael quedó casi autoexcluido de la música popular. No se atrevía a dar el paso. Tuvieron que pasar otros quince años para sacarse de encima esa absurda dicotomía y asumir, que música es música. Curiosamente, fue la propia academia la que le dio las herramientas para reconciliarse con la música popular. Recordaba, por ejemplo, aquél artículo fantástico que Don Ismael Fernández de la Cuesta le había enviado meses antes, titulado “Música popular-Música culta. Una revisión crítica” y en el cual, entre otras cosas fascinantes, explicaba que esa oposición binaria pertenecía a una antigua concepción de la música en la que estaban implicados otros binomios opuestos, como: música oral-música escrita, música alta-música baja, música religiosa-música profana, música teórica-música práctica.

   Con treinta y dos años a cuestas, ya habiendo superado aquél viejo e interno pugilato que había entre las concepciones de lo culto y lo popular, grabadora en mano, Ismael salió por fin a la calle a cumplir una vieja aspiración: investigar, in situ, qué tipo de música escucha el caraqueño en su diario deambular por la ciudad. Esto fue lo que recogió.

Bitácora sonora caraqueña

   27 de mayo, Clínico UCV – El Silencio (17’57’’). Desde la parada suena, Sin poderte hablar, de Willie Colón. La pieza es cortada abruptamente dando paso a Llorarás, de Oscar de León, el himno por excelencia de la salsa nacional. Por primera vez me doy cuenta de que hay al menos tres planos sonoros superpuestos: uno que viene de afuera (cornetas, motos, carros, etc.); y dos que vienen del interior del transporte (la música propiamente y la interacción de la gente). La gente conversa, la música está a un nivel que lo permite, quedan algunas conversaciones registradas en el grabador. Luego, sigue la música en este orden: Un verano en Nueva York, de El Gran Combo; Mala Suerte, de Henry Fiol y El nazareno, de Ismael “Maelo” Rivera, en medio de la cual llego a mi destino (El Silencio). Poco antes de bajarme en mi parada, atravesamos el túnel: el estruendo de afuera ahoga la música y el calor, mi respiración; prácticamente no se escucha nada en ese trayecto. La travesía toda me toma casi 18 minutos, o, lo que es igual, cuatro canciones, confirmando definitivamente el carácter temporal de la música, como decía Stravisnky: “La música nos es dada con el único objeto de establecer un orden en las cosas, incluyendo de un modo muy particular, la coordinación entre el hombre y el tiempo”. Recuerdo la frase del gran compositor ruso, hago las relaciones pertinentes y sonrío por la ocurrencia.

   27 de mayo, El Silencio -La yaguara (10’58’’). Una vez en mi destino, tomo otra camioneta para ir a la Av. San Martín, un trayecto mucho más corto que el anterior. Suena Gotas de lluvia, de El Gran Combo, la cual es comenzada tres veces por el conductor. Estará destilando algún despecho, se me ocurre pensar. La música es ensordecedora, no hay espacio para hablar. Noto el porta equipaje de la unidad, decorado con motivos geométricos tipo graffiti, de muchos colores, aún con el plástico protector, debe ser nuevo. A medio camino entra un vendedor ambulante, e inmediatamente el conductor detiene la música para que el vendedor, haga su trabajo: vender caramelos, de fresa en esta oportunidad. Por un momento me sentí en un cuento urbano de Lucas García París o una película de Chalbaud. Casi terminando el vendedor su oferta, el chofer, trastocado en una especie de DJ, vuelve a poner la música a medio sonido. Hay entonces tres planos sonoros, el de la calle (carros, cornetas, etc.) y el del interior de la unidad que se divide en dos (la música y la interacción entre el vendedor y los pasajeros). Es una especie de contrato social no escrito en parte alguna, supra constitucional, una suerte de “tú me ayudas que yo te ayudo” tácito. Al poco rato el vendedor sale de escena. El conductor corta abruptamente la pieza anterior y le sigue Carbonerito, de la misma agrupación puertorriqueña, quizá una de las menos conocidas. La música baja y sube constantemente; el chofer cambia de pieza como buscando algo que lo satisfaga. Inserta un nuevo disco.Suena la voz de un locutor que dice “Fuerza Premium”, con efectos de reverb, acaso será Waldemaro Martínez, una de las voces emblemáticas de la música urbana, detalle en el que casi nunca pensamos. Recuerdo entonces, en el afán por buscarle la vuelta científica a mi estudio, aquél artículo “La historicidad del paisaje sonoro y la música popular”, en el que Julian Woodside, explica que en Ciudad de México, “cuando uno hace uso del transporte colectivo también se expone a microespacios sonoros como los microbuses y taxis, donde cada conductor decide que música escucharán los usuarios, mezclado con el tumulto de la ciudad”. Y es que, hasta donde sé, el único chofer que usa audífonos es Otto, el que conduce el transporte escolar en Los Simpson. Esta vez, llegar a mi destino me tomó unas tres canciones. Nunca me había dado cuenta de que la música sirve, entre otras cosas, para llevarle el pulso al tiempo. Pongo cara de reflexivo y vuelvo a sonreír.


17 de junio, Santa Mónica – El Silencio (4’47’’). Suena Rebelión, del recientemente desaparecido Joe Arroyo. En la ecualización de la pieza resalta la presencia de bajos, cosa muy común en este tipo de ambientes. Carros, cornetas, el ruido de la calle, una ambulancia. Varios pasajeros (hombres), llevan el ritmo en el techo del transporte, van de pie. Queda en evidencia la fuerza y el arraigo que en nuestro imaginario musical tiene una pieza como esa. Más lecturas vienen en mi auxilio. Esta vez, es el joven sociólogo venezolano Diego Larrique, quien en su trabajo “Las ciudades destruyen las costumbres. Hacia una propia sonoridad caraqueña y otros comentarios”, dice que “la salsa es un género que está en el centro del imaginario musical del caraqueño”, para rematar citando a los Amigos Invisibles: “En un carrito por puesto tú no puedes poner a Pink Floyd, tienes que poner salsita porque es Venezuela. Cuando empiezas a entender eso, empiezas a dejar de decir que es chimbo ¿Por qué son chimbos? ¿Porque a ti no te gusta la salsa?, pero ahí va todo el mundo con el anillito dándole al tubito, esa gente está gozando, osea que chimbo no es”. Pido la parada, justo en el momento del magistral solo de piano de Chelito de Castro, el cual termino de tararear incluso cuando ya estoy abajo y la camioneta se ha ido. Esa es la fuerza de esta música, a eso se refiere Larrique cuando habla de su configuración en nuestro imaginario. Guardo mi grabador mp3, no sin antes grabar la reflexión que acaba de ocurrírseme. Una vez más, sonrío, con cierta satisfacción.

07 de julio, Av. San Martín – Parque Central (14’24’’) . El DJ al volante tiene puesta la canción Mírame a la cara, de Miles Peña, tipo salsa romántica de los noventa. A esta le siguió Nunca te fallé de Holman Solís; la versión en salsa de aquella balada que popularizó Gianluca Grignani, Mi historia entre tus dedos, a cargo de Los Conquistadores de la Salsa; y casi al llegar a mi destino, Preso de tu amor, de Alfredo de la Fe. Todas son salsa romántica que le cantan al amor, al desamor, etc. Por primera vez estoy extraviado. Por primera vez, no se escucha salsa “clásica”. De cuatro registros que hice, sólo en esta unidad se escucha salsa de la nueva camada. Tuve que llegar a casa, grabación en mano, a buscar las piezas en Internet para poder identificarlas. El nivel de la música era alto, lo cual imposibilitaba la comunicación entre los pasajeros. Si hasta para pedir la parada, los decibeles de la música representaban un impedimento.

Reflexiones en torno a la salsa como experiencia de calle

    Con estos datos recogidos en su grabadora y cierto aire triunfalista en el ánimo, Ismael por fin se sentó a analizar la experiencia de montarse en una camionetica con un objetivo claro: recabar información acerca del paisaje sonoro propio de este entorno, no una, sino otra y otra y otra vez. Podría hacer esto muchas veces, debería hacerse muchas veces, piensa mientras el movimiento de sus dedos sobre el teclado de la computadora, le recuerdan sus días de pianista popular  Piensa, por ejemplo, que aparentemente es esa música que “genérica y cómodamente llamamos salsa”, como dice el musicólogo Rubén López Cano, la que reina en el transporte público caraqueño. Pero, al mismo tiempo, se pregunta si el contexto puede hacer variar el resultado de la investigación: ¿sería lo mismo una ruta urbana en el oeste que en el este de la ciudad?, ¿se escuchará lo mismo en un transporte que recorre la parte “urbanizada” de la ciudad, que el que se desplaza por las zonas marginadas, léase, los cerros caraqueños?

   En un plano más teórico, se pregunta por qué la salsa parece ser el bastión sonoro que nos cohesiona identitariamente hablando, ¿por qué es salsa y no joropo el género que abunda en estos espacios? Una posible respuesta parece estar en el nacimiento del género mismo. Esa música que conocemos como “salsa” -pese a la molestia que el término le causaba a Ray Barreto, según Ibsen Martínez- es una música confeccionada, como explica el mismo López Cano, desde la “reconstrucción de señas identitarias en una particular situación de inmigración; la rearticulación de una comunidad en que el peso de lo étnico-cultural prevaleciera sobre lo generacional; y la dotación de respuestas originales u originarias a las necesidades de entretenimiento de un colectivo diaspórico”. La historia de migración, de disgregación fortuita de Ismael no era la única. De hecho, eso era Caracas, así se construyó esta, la ciudad siempre acontecida, sobre todo después del advenimiento del petróleo, a punta de migración, de buscar un futuro mejor. Así que, siendo la salsa la música de la diáspora, el catalizante identitario por excelencia de ciertas realidades latinas, no tendría nada de extraño que nos agrupe, que nos reencuentre con nosotros mismos, o dicho de otro modo, que nos reencontremos en ella.

   Al final, Ismael sabe que hay mucho por decir, que hay mucha camioneta por abordar, mucho trabajo etnográfico por hacer, para tratar de comprender una realidad de la que ha sido parte ya la mitad de su vida. Lo importante es que ahora está consciente de que la distancia entre su casa y su trabajo, son unas seis o siete canciones, sean o no, salsa.



*Musicólogo, compositor y flautista
Twitter: @dofasolre


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viernes, 26 de agosto de 2011

Caracas, un espacio para el arte II. La escultura cívica

 José La Rosa*



Fotografía José La Rosa
   Muchos de quienes vivieron la infancia en la Caracas de los años 80, posiblemente tengan entre sus recuerdos la impresión de corretear alrededor de la monumental escultura Abra Solar de Alejandro Otero. En las noches festivas de la ciudad, la Plaza Venezuela se nos presentaba con sus obras de arte iluminadas, acompañadas de la bonita fuente de colores, para el deleite de los ciudadanos. No era éste el único lugar de contemplación del arte a escala cívica, sino que podíamos encontrarlo en los lugares públicos más insospechados. Aún en nuestros días, en que Caracas luce una faz menos agradable que en otros tiempos, magnificas esculturas moran silenciosas e imponentes en las calles; entre el bullicio y el polvo de una urbe demasiado apresurada, las esculturas cívicas siguen allí cumpliendo su función puramente estética, es decir una función espiritual.

   En la mayoría de las ocasiones los caraqueños solemos pasar por alto los aspectos positivos que tiene nuestra ciudad. En una metrópolis demasiado convulsionada, nos olvidamos de las sutilezas que también aparecen en el panorama. Sólo basta caminar un poco por las calles de Caracas para darnos cuenta de que la mayoría de la gente no observa lo que está en su derredor. Las obras de arte cívico muchas veces se pierden entre el caos de las cosas y permanecen allí casi como ruinas a punto de desplomarse.

   Cuando nos es dado visitar otras ciudades, al exterior del país, por ejemplo, estamos siempre prestos a elogiar con facilidad y como un enorme logro, los monumentos y obras de arte que hay en ellas ; mientras que olvidamos el rico patrimonio que tenemos en casa. Casi todas las zonas planificadas de Caracas tienen el ornato de las esculturas cívicas. Y no nos referimos a obra de dudoso merito artístico, antes bien nuestra capital atesora algunas que harían florecer la envidia de los centros de arte más fecundos.

   Durante las décadas de modernización del país, en el pasado siglo, el estado realizó grandes esfuerzos para ampliar este patrimonio. Ya no sólo se trataba de erigir monumentos conmemorativos, de fechas históricas importantes (como había ocurrido en décadas anteriores), sino que se trataba de integrar el arte de vanguardia al propio sistema de la ciudad; que todos los ciudadanos, sin distinción de nivel cultural, ni de nivel económico, pudieran tener acceso directo a la contemplación de una obra de arte contemporáneo. Es de esta forma en que podemos encontrar los trabajos de artistas como Jesús Soto y Alejandro Otero (sólo por mencionar dos de los casos más destacados) esparcidos por diversas zonas de la ciudad.

   En pleno corazón de Caracas, entre la grama de la Plaza Venezuela se levanta, disputando con el viento, el Abra solar de Alejandro Otero, una enorme escultura de aluminio elegantemente bien acabada, que nos hace pensar en un artilugio tecnológico. El movimiento de las aspas de esta extraña maquina incorpora ritmos visuales variables, que se perciben fácilmente a plena luz del día, pero también cuando el sol se oculta y la luz artificial domina la composición el metal parece estático y centelleante. Muy cerca de allí, en la misma Plaza Venezuela encontramos, del artista Carlos Cruz Diez, la Fisicromía homenaje a Andrés Bello, un verdadero deleite visual cuyo efecto de cambio de color se percibe enteramente desde la calle contigua cuando se está en movimiento en un automóvil. Este conjunto de obras es rematado por la incorporación hecha el 9 de abril de 2011, de una réplica de la obra Pariata del artista Omar Carreño, sumando así un elemento más para el disfrute y la contemplación de esos espacios.

   En la zona de Chacaíto encontramos también varias obras que están entre las más importantes que atesoramos. El cubo virtual azul y negro, del artista Jesús Soto, domina todo el campo visual cuando se avanza desde Sabana Grande en dirección a la Plaza Brión en Chacaíto. Esta obra, fiel a la realización de su autor, se trata de un volumen cubico creado por la reiteración de varillas de un mismo color colgadas de una estructura. Es una obra soberbia que vale la pena mirar con detenimiento en medio de aquel congestionado lugar. Ya en la propia Plaza Brión podemos apreciar Los tres volúmenes de Teresa Casanova, tres enormes figuras geométricas coloreadas con un rojo intenso, dispuestas en una diagonal horizontal respecto a la estación del metro más cercana. Es una obra estrictamente geométrica para ser apreciada por el valor que posee la forma y el color en sí mismos. Actualmente se encuentra en muy mal estado conservación por las diversas intervenciones vandálicas a las que ha sido sometida a lo largo de los años.

   Hacia el oeste de la ciudad, en Catia, la autopista desemboca directamente en la gigantesca obra Los cerritos, realizada por Alejandro Otero y Mercedes Pardo; se trata de una estructura de metal semejante a una “montaña rusa”, cuya “materialidad” es aportada por unas veletas geométricas coloreadas (sostenidas por la estructura) que crean patrones visuales. Es una obra magnífica que impresiona por la escala en que fue construida. Si nos adentramos más en la dirección donde se oculta el sol, muy cerca, en el boulevard de Catia en frente de la estación de metro de Plaza Sucre, nos encontramos con la obra Levitación 1, del artista Rafael Barrios Barrios; una estupenda pieza de arte, lamentablemente dañada. Su color originalmente azul cobalto (de una tonalidad bastante particular) se deterioró con el paso de los años y fue intervenida salvajemente con un color rojo, que destruyó todo el efecto visual que proyectaba.

   En este recorrido, bastante breve, volvamos al otro lado de la ciudad porque no podemos dejar fuera el formidable trabajo  de Víctor Valera, Desplazamiento perforado, que se encuentra muy cerca de la estación del metro de Parque del Este. Se trata de un conjunto de tres esculturas en hierro de forma circular y que poseen la estructura de reiteración de líneas propia del arte cinético, es un conjunto muy agradable de observar por la disposición espacial que tiene y por la belleza intrínseca de las obras.

Fotografía José La Rosa
   Debemos decir que en la actualidad, las obras descritas y muchas otras se encuentran, en mayor o menor medida, en buen estado de conservación. Pero no podemos olvidarnos que durante la primera década del siglo XXI estas obras (casi todas, por no decir todas) fueron desmanteladas por el vandalismo desalmado y la insensibilidad de las autoridades. Recordamos las magnificas esculturas mutiladas y prácticamente destrozadas y sus piezas vendidas como chatarra para la fundición. Este fue realmente un episodio lamentable de nuestra historia cultural. Caracas habría quedado en la inopia artística. Fue realmente una tragedia cuya magnitud aún no se conoce con toda precisión. Solamente hay que pensar en la impresionante Esfera Soto, de Jesús Soto, de la autopista Francisco Fajardo, cuya tonalidad roja, antes de que la destrozaran, difícilmente se asemejaba a la que tiene ahora…; no debemos olvidar este error para tratar de evitar que sobrevengan experiencias similares en el futuro.

   Todas las obras mencionadas hasta este momento fueron realizadas durante los años 70 y 80, debido a que en los tiempos más recientes es extraño observar un incremento en el patrimonio escultórico de la ciudad. No obstante hay que destacar la muy nueva experiencia de reconstrucción del boulevard de Sabana Grande, en la que se están colocando piezas de gran formato en cada cuadra. Hasta ahora falta trabajo y al parecer no están montadas todas las que deberían estar. Lo que sí es cierto es que en este proyecto participan artistas de reconocida trayectoria nacional entre las que destaca Lia Bermudez. Realmente es una iniciativa que parece ganar terreno entre los ciudadanos, debido a la atmósfera de distinción que crea en un espacio que hasta hace poco estuvo dominado por el comercio informal y el crimen. Sin embargo, hay que mencionar algunos errores que afectan  la conclusión correcta de este proyecto. No entraremos a determinar las cualidades artísticas de las obras expuestas, sólo mencionaremos detalles que no pueden ser pasados por alto. La mayoría de las obras forman un conjunto bastante homogéneo casi todos son trabajos que hacen uso del lenguaje de la abstracción y tienen un acabado bastante aceptable; pero quizás el mal cálculo ha hecho que muchas de estas piezas se coloquen demasiado cercanas a los transeúntes, lo que podría crear problemas de toda índole incluyendo los problemas de conservación. Los pedestales en los que se asientan están muy mal acabados afectando la percepción que se tiene de la totalidad de la pieza. En muchos casos la identificación técnica no está correctamente colocada. De manera pues que a pesar de la buena iniciativa, el proyecto tiene faltas bastante notorias. Quizás con el tiempo se subsanen estos pequeños detalles que vician tan interesante iniciativa.


Fotografía José La Rosa

   Yendo ahora más allá de cualquier consideración de tipo crítica que se quiera hacer sobre las obras que pueblan toda la ciudad, debemos estar atentos sobre todas las demás cosas a los problemas de conservación. Es un reto para nosotros en tanto que ciudadanos participar en el cuidado y mantenimiento de las piezas de arte cívico, para que así muchas de esas obras formen parte de nuestro patrimonio futuro. Quizás se mantengan allí sirviendo de inspiración a muchas más generaciones de ciudadanos, que decididos a renunciar unos minutos a la premura de la vida normal, contemplen con el velo desinteresado de la estética, dando a la obra de arte la posibilidad de florecer una vez más en todo su esplendor. ¿Asumirán, los caraqueños, los distraídos habitantes de la capital, el compromiso de cuidar y querer las cosas hermosas que hemos construido?


*Pintor



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jueves, 18 de agosto de 2011

Tras la piedra filosofal de los lectores

Héctor Torres*

   Me encanta visitar librerías. Sobre todo esas de libreros amigos que alternan entre conversar un poco y dejarme solo mientras atienden sus clientes. Esas que dejan al visitante revisar libros en paz y ofrecen la hospitalidad de un sofá. Son las que me hacen sentir en casa. Un refugio perfecto para eso de salirse del tiempo en esta ciudad bulliciosa y apurada.

   Me gusta ese silencio respetuoso que adopta la gente al entrar en las librerías. De hecho, disfruto tanto o más observar las actitudes y ritos de la gente cuando están en ellas, que revisar los estantes. Las librerías poseen algo que no tienen las bibliotecas, y es esa mezcla de ambición y prudencia, de avidez y sensatez que se observa en los potenciales compradores, mientras sopesan qué llevarse y qué forzosamente dejar. Ese “dejar” que tiene la esperanzada connotación de postergar. Esa posibilidad cierta de poder llevarse a casa la joya que tienen en las manos. Es común verlos con un libro, convencidos de haber decidido finalmente su elección, para detenerse ante un título ya camino a la caja, con cara de haberse complicado la existencia cuando todo parecía resuelto. Son decisiones vitales en las que se pone en la balanza el deber y el poder.

   Cada libro comprado es el fruto de una decisión entre dos necesidades o dos placeres. O el vicio que prevaleció frente a la cordura de lo tangible. O la irrupción de la vida en toda la extensión de su paleta de colores frente a la gris realidad. O, paradójicamente, escoger regalarse un capricho en lugar de la prudencia, a efectos de seguir creciendo. Que es como decir, escoger crecer en lugar de sentar cabeza.

   Por eso me enternece un poco la típica escena de ese cliente que, sacadas las cuentas mentales, hace un grave gesto moviendo la cabeza de un lado a otro y, ya resignado a que no se lo llevará, oculta un libro entre los estantes, con la candorosa esperanza de encontrarlo allí la próxima quincena. Los más curtidos los ocultan en sitios inesperados. Es una escena que con suerte se presencia, aunque a veces no se ve pero se intuye cuando uno consigue una antología poética escasamente conocida entre los estantes de la sección de Cocina. O de autoayuda. En esos casos uno puede estar asistiendo a una historia de cofre enterrado en una playa del Caribe.

   Me gusta ese imperceptible brillo que hay en la mirada de los clientes que, ya decididos, se acercan a la caja con su compra, satisfechos de saber que, aún descalabrando su presupuesto, se salieron con la suya, dándose un regalo inapreciable. Viendo los libros que están facturando, ese brillo pareciera decir: “Ya no es del que se lo lleve, ya es mío”.

   El que pasa horas frente a estantes de librerías está deleitándose de la maravilla infinita que encierran los libros, está dando una mirada dentro de un Aleph lleno de letras, portadas, nombres, editoriales, tradiciones, fechas de impresión, opiniones de contratapa, malos trucos de mercadeo, joyas fabulosas, amigos que no saben el bien que han hecho, recuerdos de compañías valiosas en momentos fundamentales… Es un universo que se echará a andar nuevamente (como quien se sorprende al descubrir que se enamoró de nuevo) ante cada lector que abre la tapa de un libro por primera vez.

   Pocas cosas hay más hermosas que ese encuentro cotidiano y a la vez único entre libros y lectores, ese cruce de dos trayectorias; una que empieza con alguien en la soledad de su estudio urdiendo la manera de explicarse el mundo, y otro que decide llevarse a casa el resultado de aquel intento.

   La compra de un libro es una escogencia (del libro al cliente, usualmente), es un pacto, una intuición con aires de certeza, es la sabia conciencia de que todo beneficio debe ser mutuo y que todo lo que la vida da es el producto de un intercambio.

***

   Estaba una tarde en la librería Templo interno conversando con Alexis Romero. Era un día de semana, lejos de toda fecha de cobro. La librería estaba sola, con la excepción de un muchacho que revisaba entre los estantes con una avidez y un ardor que me produjo nostalgia por la Sed que se va quedando en el camino. El muchacho no llegaba a los veinte años. Buscaba entre libros y cada hallazgo que consideraba valioso lo apartaba en un montoncito que iba haciendo. Cada nuevo hallazgo parecía animarlo a seguir la búsqueda entre estantes. Alexis y yo lo observábamos. Sus veinte años, su avidez, sus preguntas, eran un todo que nos hacían intuir que nos encontrábamos ante alguien con un “vicio” recién adquirido. Ante un feliz nuevo vicioso.

  De pronto, como los que se están besando en público y súbitamente los ataca el pudor, el muchacho despertó del trance y, con inquietud, se percató del tamaño de su selección. Arrastrando los pies hacia lo que sería el encuentro con una mala noticia, se acercó a la caja diciendo:

      -Bueno, será que me da los precios para ver qué me puedo llevar.

  Luego de sopesar cuidadosamente, hacer todas las combinaciones posibles, recibir descuento y pagar sin resignarse a lo que estaba dejando, lo vimos abandonar la librería con ese aire que tiene todo el que acaba de ejecutar un acto que lo hizo más adulto. Alexis rompió el largo silencio de nuestra contemplación, para comentar risueño:

     -A este lo acaban de enviciar. Ya su cartera no tendrá paz.

***

   Los lectores (entiéndase bajo este rubro a esas personas que leen libros frecuentemente y por placer) siempre serán una minoría. Una minoría orgullosa y cómplice. Ver a alguien leyendo en el Metro o en una plaza produce el irrefrenable deseo de husmear la tapa para conocer qué lee, como si ello nos fuese a proporcionar información acerca de esa persona, o como si el nivel de simpatía ya alcanzado pudiese crecer dependiendo del título que descubramos en sus manos.

   ¿Qué hará de alguien un lector furioso? ¿Qué hace que todas esas personas que asisten a las librerías como quien va a su iglesia personal, hayan crecido o estudiado con gente que siente desprecio o indiferencia hacia el libro? ¿Quién y cómo sedujo a aquel muchacho que compraba en Templo Interno en el vicio de leer? ¿Por qué fracasan tan estruendosamente todos los planes oficiales de masificación de la lectura? ¿Qué será del Plan Revolucionario de Lectura?

    Esa minoría que son los lectores en todo el mundo, es más minoría en unos países que en otros. Por ejemplo, mientras que en Colombia o México se leen tres libros al año por habitante, en Venezuela esa cifra se reduce a uno. ¿Qué elemento tan inasible es ese que no se puede reconocer con facilidad y que es tan difícil de reproducir en una experiencia colectiva, que hace que los lectores tengan de apasionados lo que tienen de minoría?

   En marzo de 2005, a propósito del Día del Libro, desde Ficción Breve Venezolana hicimos una amplia consulta entre escritores, editores y libreros, a fin de conocer esos libros que los iniciaron en el hábito de la lectura. Estamos hablando de los libros culpables del destino literario de relevantes figuras venezolanas en el ámbito de la literatura. Parte de la respuesta de la novelista Victoria De Stéfano, parece asomar una luz a esas preguntas que parecen no tener respuesta: “Los libros, las novelas, que marcan la fascinación por la lectura, si no lo hacen en la infancia y en la primera adolescencia, no lo hacen nunca”.








*Narrador venezolano.
Cofundador y editor del Portal Ficción Breve Venezolana
@hectorres



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jueves, 11 de agosto de 2011

La fotografía de visita al museo

Paz Capielo*


   El museo. Una institución, edificación, un lugar privado o público. Pero qué lo hace tan prestigioso e importante. Su contenido. Cruzar esas puertas nos invita a un mundo mágico, un espacio de convergencia artística que alberga sentimientos. Es un área que por momentos nos aísla de una ciudad, tal vez agitada y violenta.


En Venezuela existen más de 80 museos repartidos en todo el territorio nacional, cuyo objetivo principal es fomentar la conservación, difusión y valoración de las obras. Y dentro de esas instauraciones, la fotografía no tiene muchos años siendo incluida, a diferencia de la pintura y escultura.

    De hecho no fue sino hasta el 2010 que se creó el Museo Nacional de la Fotografía (MUNAFOTO), y el cerco de cemento lo comparte con el Museo Alejandro Otero en los predios culturales de La Rinconada.

     En la actualidad existen personas e instituciones que apoyan en nuestro país el movimiento artístico a través de la fotografía, lo cual es realmente significativo, debido al carácter único que ha adquirido en la sociedad,
y a esa gran labor de difusión artística en conjunto con los museos se le suma algunos salones de arte que desde algún tiempo incluyen una categoría a esta importante rama del arte, la fotografía. Es el caso del 36 Salón Nacional de Arte Aragua que este año abrió sus puertas para la recepción de obras con un amplio jurado nacional, a diferencia del año pasado, que no se contó con un fotógrafo incluido en el comité evaluador.

    Sin embargo, es resaltante comentar que el invitado en esta ocasión fue el reconocido fotógrafo venezolano Alexis Pérez Luna, quien concibe la fotografía “como una vía para la expresión de los sentimientos más profundos de la interioridad del creador, y una forma de asumir su compromiso social” así lo expresa Marisela Fuentes en la página Web de este fotógrafo.

     Y esa misma responsabilidad cultural la han asumido algunos encargados de estos espacios expositivos rompiendo inclusive los esquemas de construcción y arquitectura de los mismos.
  

Museo de arte contemporánero de Maracay Mario Abreu
Fotografía: Paz Capielo

   De este modo en Maracay se plantea una propuesta de edificación diferente en el Museo de Arte Contemporáneo Mario Abreu (MACMA), que desde hace 4 años dispone de una nueva sede conocida como La Ganadera, un antiguo matadero industrial pero que ahora ofrece a los artistas una gran diversidad de espacios, incluyendo el albergue de obras de los participantes en la 36 edición del Salón Nacional de Arte Aragua.

   Asimismo, hacia el occidente venezolano nos encontramos con Maracaibo una ciudad que por excelencia ha destacado con sus constantes concursos y muestras visuales.

      Y este año los artistas venezolanos tienen la oportunidad de ser partícipe de la Sexta Bienal de Maracaibo, otro encuentro nacional cuyo propósito fundamental es promover, exhibir e impulsar las diferentes bifurcaciones de la cultura Y en el 2011 así como en años anteriores la fotografía forma parte del compendio artístico.

    En pleno siglo XXI Maracaibo es sin duda una urbe nutrida culturalmente que además cuenta con grandes espacios museográficos como lo son el Centro de Arte de Maracaibo Lía Bermúdez (CAM-LB), Museo de Arte Contemporáneo del Zulia (MACZUL), el Centro de Bellas Artes de Maracaibo (CBAM), y el Museo General Rafael Urdaneta, entre otros.

   Algunos de estos lugares maracuchos antes nombrados colaborarán para esa gran muestra en conjunto que se estará realizando a inicios del mes de noviembre, en varios museos de la ciudad.

     Por otro lado resulta característico comentar que los espacios expositivos llamados museos, en conjunto con las propuestas de salones y premios artísticos, también atienden las necesidades y responsabilidades mundiales que tenemos con el ambiente.

    Es por ello que el reconocido y anual Salón de Arte Dycvensa en Caracas, este año en particular deberá relacionar la urbe con el tema ambientalista. En este sentido, la convocatoria expresa en su novena edición que el salón “permite a los artistas reflexionar sobre la ciudad que tenemos y la que queremos, así como también le da la oportunidad a los nuevos talentos de exponer al lado de personajes de amplia trayectoria".

     De esta manera irrefutablemente los espacios expositivos deben adaptarse a las propuestas y visiones que los artistas y su entorno poseen. Pero si bien el museo tiene la capacidad de aislar a su público y adentrarlo en un viaje casi onírico, tampoco debe alejarse de los lugares y la gente que lo rodea, porque el museo respira en conjunto con ese público que cada día se aboca a verlo y contemplarlo.

    En este sentido para que ese público asista y repetidamente salude los portones y paredes del museo, debe existir en los mismos constantes actividades que inviten a observar y participar, llámese talleres, salones, concursos, entre muchas otras dinámicas.

    Asimismo convivir con las diferentes manifestaciones y ramas del arte. Y la fotografía tiene la particularidad de que no se detiene, está en todos lados. Ya no sólo tragando polvo en álbumes engavetados, ahora es compartida a través redes sociales y enlaces digitales. De igual forma es premiada dentro del arte y también visita museos.

    Para mayor información con respecto a los salones de arte y sus respectivas fechas de recepción de obras, participación e inauguración pueden contactar algunos de estos enlaces que se adjuntan. En el caso del 36 Salón Nacional de Arte Aragua cerró el recibimiento de obras el pasado 7 de agosto y el veredicto se publicará el próximo lunes 15:

   Por su parte la sexta Bienal de Maracaibo recibirá obras hasta el lunes 15 del presente mes, http://www.gobernaciondelzulia.gov.ve/lista2.asp?sec=1000002201. Así como también el Salón de Arte Dycvensa, pueden consultar más información a través de:

*Periodista y fotógrafa
@pazcapielo



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