jueves, 16 de junio de 2011

La creación literaria: un mapa que se borra apenas llegas

Héctor Torres *


«Lo esencial es indefinible. ¿Cómo definir el color amarillo, el amor, la patria, el sabor del café? ¿Cómo definir a una persona que queremos? No se puede.»

Jorge Luis Borges


   Si algo despierta un interés obsesivo entre los autores jóvenes, y en todo aquel que siente una gratitud religiosa hacia la literatura, es la ilusión de atisbar la receta con la que un autor determinado, no sólo logra recrear un pasaje de la vida (que la describe como una gota de sangre lo haría con el torrente sanguíneo de una persona), sino que además ilumina un rasgo del engranaje que la pone en funcionamiento.

   Y digo ilusión porque la creación literaria se produce a través de un mecanismo desconocido hasta para el mismo creador. Es el producto de una conexión con una parcela del cerebro de la que no se poseen coordenadas precisas y a la cual no se sabría volver voluntariamente. Es un acto imposible de sintetizar con palabras. Un delicioso plato del que nadie, ni aún el que lo prepara, conserva la receta.

   A propósito de esta imagen gastronómica, Adolfo Bioy Casares señaló en una ocasión que a él le hubiese gustado aprender a cocinar, y que cada vez que inquiría “¿cómo se hace tal plato?” invariablemente le respondían: “Es muy fácil. Pones tal cosa y tal otra, en cantidad suficiente”.¡Cantidad suficiente! ¿Qué es cantidad suficiente?, se preguntaba, para concluir que “a lo mejor escribir bien consiste en saber, en todo momento de la composición, cuál es la cantidad suficiente.”

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   Se han escrito miles de páginas que intentan aproximarse a esa misteriosa e inasible “cantidad suficiente” que sólo conoce el instinto de cada autor. Muchos son los libros (académicos, autobiográficos, testimoniales, especulativos) que intentan desentrañarla, así sea a través de metáforas o símiles. Muchas las preguntas en entrevistas que intentan dar con las condiciones que la propician, desde ¿a qué hora escribe?, o ¿cuáles son sus autores fundamentales?, hasta ¿tiene algún rito especial al momento de escribir?, o la muy directa ¿qué consejos daría a los jóvenes autores?

   En el caso de la tradición directa de la que bebemos (es decir, de la literatura venezolana), no son muy copiosas las fuentes documentales acerca de estas aproximaciones a la fórmula de la buena escritura artística, ni a los difusos límites entre cuento y novela, por nombrar algunos de los problemas típicos que se plantean frente a la creación.

   Sobre el segundo punto hay algunos textos categóricos. Está, por supuesto, aquello que acotara Guillermo Meneses en el prólogo de su Antología del Cuento Venezolano, citando a Las mil y una noches, para sintetizar la definición de cuento como “una historia maravillosa jamás oída”, aludiendo a la importancia capital que tiene la forma en ese género, al producir la sensación de estar contando un hecho portentoso, aunque se trate de una anécdota más o menos repetida.

   De igual manera, en su famoso “El cuento: lince y topo”, José Balza anota algunas aproximaciones a las características del cuento, entre ellas la brevedad: “algo que quiere extenderse pero que debe concluir pronto (…), y debe concluir para poder prolongarse”; y la precisión: “El cuento no admite vacilación en ninguna de sus palabras. Cada una deja de existir por sí misma para conducir a la próxima”.

   Oscar Marcano señala al respecto que, a diferencia de la novela, en el cuento no hay municiones para gastar, por lo que se debe emplear lo poco que se tiene de la manera más eficaz. “A la novela, en cambio, la veo como a una catedral. Es un universo casi infinito en el cual tienes que desarrollar fundaciones, arbotantes, columnas, naves, arcos, cúpulas, vitrales, capiteles, en fin… hasta gárgolas. Es una tarea epopéyica. El cuento es estrictamente lo contrario. Con dos trazos tienes que pergeñar una historia que tiene que estar imbuida de un discurso y tienes que producir un efecto”.

   Volviendo a la gastronomía, Federico Vegas usó las presentaciones del huevo para establecer fronteras entre estos dos géneros. Una mañana, frente a un plato en el que lo esperaba un huevo frito, lo vislumbró: “La claridad de su perímetro perfectamente definido; su absoluta finitud y su indiscutible condición de ser exactamente lo que es retrata sin lugar a dudas al cuento. Intacto en su forma, llano en sus personajes”. En contraposición, el revoltillo definiría a la novela: “sus bordes irregulares dan cuenta de lo inasible de sus límites y su volumen caprichoso, de lo complejo de sus personajes”.

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   El otro problema es más difícil de precisar en palabras. Allí valdría la pena recordar cuanto se ha dicho, a propósito o no, directamente o mediante parábolas, sobre aspectos específicos o en torno a la vida del escritor en general. Apuntaré algunos valiosos comentarios (ellos preferirían que no los etiquetara como “consejos”) que he oído de boca de autores venezolanos más experimentados, los cuales siempre he tenido presentes —siquiera por cábala— a la hora de escribir. Veamos:

   La importancia del acabado. Eduardo Liendo suele recordar a Oswaldo Trejo, que siempre le advertía que el valor de un texto estriba en la plenitud alcanzada en su acabado y no en la ambición de la empresa propuesta. “Mas vale un western logrado que una épica fallida”, sentenciaba.

   Pensar mucho antes de escribir. Elisa Lerner advirtió que la creación literaria nace en el pensamiento y que a ella debemos dedicar gran parte del trabajo de la hechura del texto. En una ocasión en que la encontré en una presentación de un libro, le comenté acerca de lo poco común que resultaba verla en público, a lo que ella respondió que la literatura exige ese tiempo que los eventos sociales consumen. Contemporizando, le comenté que, en efecto, leer y escribir necesitan mucho tiempo. “Y pensar —señaló con solemnidad—. Se necesita pensar mucho antes de escribir”.

   Ignorar toda regla ajena al universo de los personajes. Luego de leer La huella del bisonte, Alberto Barrera Tyzska tuvo la generosidad (un rasgo más bien común entre nuestros escritores) de invitarme un café para comentar algunas impresiones. Lo primero que me preguntó, con severidad y desconfianza, fue: “¿Por qué a Mario lo atracan luego de lo que pasó con la chica?”. Intenté balbucear algunas respuestas, que iban por el camino del “estaba tan aturdido que no veía por dónde se metía”. Asintió, más tranquilo, aunque me alertó acerca de que si de algo debemos cuidarnos, para preservar la credibilidad de las historias, es de darle soluciones moralizantes a las acciones que viven los personajes.

   Divertirse con lo que se hace. En cierta ocasión, durante una entrevista que hice a Ana Teresa Torres para Ficción Breve Venezolana, le pregunté si escribía novelas (en ese caso aludía específicamente a El corazón del otro) porque es un género que a la gente le gusta mucho, y respondió que, en efecto, “es un género que a la gente le gusta, ha tenido éxito, ha tenido recepción, pero sobre todo a mí me divirtió mucho escribirlo. Yo lo pasé bien, no voy a escribir algo para fastidiarme. Porque si el autor se aburre, imagínate tú el lector. Entonces, lo primero es que yo tengo que sentir el placer de lo que estoy haciendo”.

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   Al escribir ficción se procede como el que urde una mentira antes de llegar a casa. No se debe abrir la boca hasta que no se han atado todos los posibles cabos por donde nos puedan preguntar y derribar la existencia de nuestra historia con la implacable presencia de la “duda razonable”. Sólo después que tenemos todos los frentes cubiertos, es que salimos, triunfantes, a echar nuestra mentira al mundo. Los cuentos, los capítulos, las situaciones, la vida de los personajes, son las pequeñas mentiras que van componiendo nuestro gran universo ficticio. ¿Cómo contar esa mentira? ¿Cómo dosificar la entrega de sus elementos para alimentar la credibilidad? ¿Qué tanto de lo que se sabe se debe mostrar? ¿Cuánto tiempo diario dedicaremos a esa tarea? ¿Cuándo comenzar y cuándo terminar? ¿Vale más la investigación que la imaginación? ¿Qué es “cantidad suficiente”?

   Ni el más experimentado narrador podría responder esas preguntas con excesiva certeza. Esa angustia que provoca el temor de no saber si podrán escribir ese siguiente libro, los mantiene en la eterna perplejidad ante el misterio de la creación.

   Y aunque ningún autor podría explicar cabalmente cómo escribe, si en algo coinciden todos es que sin la escritura la vida sería más miserable, menos llevadera. Como lo advirtiera con poderosa elocuencia José Pulido, cuando sentenció que “sin la ficción la realidad solo sería un montón de carne pudriéndose y el corazón sólo sería una víscera”.

                                                                                                                           
                                                                                                                                *Narrador venezolano.
Cofundador y editor del Portal Ficción Breve Venezolana
@hectorres
                                                                           


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